sábado, 26 de diciembre de 2009

EPA




En recordación y homenaje a la otrora gran Revolución Bolchevique de 1917

Hace 92 años se produjo la más importante revolución en el mundo que soñaba con la emancipación de la humanidad. El planeta vibró de entusiasmo en el sentimiento de los muchos, porque se creyó que se abría la página más sublime de la historia de los seres humanos. Atrás, pensaron muchos, había quedado, para el museo de las antigüedades, los recuerdos de la Revolución Burguesa de 1789. Los más importantes y claros dirigentes de la Revolución Bolchevique, con Lenin y Trotsky al frente, pensaron en grande, en lo internacional, en el avance arrollador del proletariado –especialmente- europeo con el de Alemania como vanguardia. El heroísmo de la Revolución se puso de manifiesto derrotando a todos los países imperialistas y a todos los contrarrevolucionarios que intentaron, por la vía de las armas, derrumbarla en pocos meses o años. Temprano marchó Lenin al sepulcro; temprano enviaron al ostracismo a Trotsky; temprano fueron silenciados los soviets y el partido fue convertido en un aparato al servicio de la autocracia; temprano fueron siendo eliminados uno por uno aquellos seres que soñaron con la redención del mundo siguiendo el ejemplo del proletariado ruso; temprano se sentaron las bases para el futuro derrumbamiento de la excelsa Revolución Rusa, de Octubre o Bolchevique. Siete décadas, luego, la Revolución fue calcinada fracturando a la URRS, abriéndole los brazos y aferrándose a ellos la esperanza de emancipación fue vencida por los rigores del capitalismo incrustados en la carne, los huesos y la sangre de la burocracia soviética. Hoy, nueve décadas y dos

Especial de noviembre de 2009

años, ya casi nadie recuerda la grandeza de esa Revolución que intentó tomar todo el Cielo por asalto y darle a la humanidad la capacidad y la potestad de emancipar a todos los explotados y oprimidos en la Tierra.

Mucho se ha escrito y dicho sobre ese histórico fenómeno social. Hoy queremos rendirle un homenaje a ese magno evento, a sus hombres y mujeres, al proletariado de ese tiempo, al partido de esos años y, especialmente, a todos los que cayeron esperanzados que su esfuerzo y sacrificio conduciría al mundo a una nueva formación económico-social de verdadera redención social. En esta oportunidad (salvando los tiempos, los cambios y las realidades) queremos hacer uso de un apéndice dedicado a la famosa y desastrosa teoría conocida como “El socialismo en un solo país”, porque ésta mucho contribuyó al derrumbamiento de la más grandiosa Revolución que haya conocido la humanidad hasta el sol de hoy. Apéndice que fue publicado hace más de seis décadas y que su esencia continúa teniendo vigencia para el estudio de cualquier Revolución que pretenda tener como su horizonte el socialismo.


Que cada lector adapte o desadapte el contenido como le parezca mejor; tome de él lo que considere conveniente y deseche lo demás, no importa. Lo correcto es reflexionar sobre su contenido por lo valioso que posee al servicio de la teoría marxista, de la lucha por el socialismo y la construcción de éste. Es todo.


Trotsky, Lenin y Kamenev

El socialismo en un solo país

“Las tendencias reaccionarias a la autarquía constituyen un reflejo defensivo del capitalismo senil a la tarea con que la historia se enfrenta: liberar a la economía de las cadenas de la propiedad privada y del Estado nacional, y organizarla sobre un plan conjunto en toda la superficie del globo.

La <declaración de los derechos del pueblo trabajador y explotado>, redactada por Lenin y sometida por el Consejo de Comisarios del Pueblo a la sanción de la Asamblea Constituyente en las escasas horas que ésta vivió, definía en los siguientes términos <la tarea esencial> del nuevo régimen: <el establecimiento de una organización socialista de la sociedad y la victoria del socialismo en todos los países>. De manera que el internacionalismo de la revolución fue proclamado en el documento básico del nuevo régimen. Nadie se hubiera atrevido, en ese momento, a plantear el problema en otros términos. En abril de 1924, tres meses después de la muerte de Lenin, Stalin escribía en su compilación sobre Las bases del leninismo: <Bastan los esfuerzos de un país para derribar a la burguesía; la historia de nuestra revolución lo demuestra. La victoria definitiva del socialismo, para la organización de la producción socialista, los esfuerzos de un solo país, sobre todo si es campesino como el nuestro, son ya insuficientes: se necesitan los esfuerzos reunidos del proletariado de varios países avanzados>. Estas líneas no necesitan comentario. Pero la edición en la que figuran ha sido retirada de la circulación. Las grandes derrotas del proletariado europeo y los primeros éxitos, muy modestos a pesar de todo, de la economía soviética, sugirieron a Stalin en el otoño de 1924 que la misión histórica de la burocracia era construir el socialismo en un solo país. Se entabló una discusión alrededor de este problema que pareció escolástico a muchos espíritus superficiales pero que, en realidad, reflejaba la incipiente degeneración de la III Internacional y preparaba el nacimiento de la IV.

El ex comunista Petrov, a quien ya conocemos, actualmente emigrado blanco, relata, según sus propios recuerdos, cuán áspera fue la resistencia de los jóvenes administradores hacia la doctrina que hacía depender a la URRS de la revolución internacional: <¡Cómo! ¿No podemos hacer nosotros mismos la felicidad de nuestro país? Si Marx piensa otra cosa, no importa, no somos marxistas, somos bolcheviques de Rusia>. Al recordar las discusiones de 1923-1926, Petrov añade: <Actualmente, no puedo menos que pensar que la teoría del socialismo en un solo país es una simple invención estalinista>. ¡Exacto! Traducía exactamente el sentimiento de la burocracia que, al hablar de la victoria del socialismo, se refería a su propia victoria.

Para justificar su ruptura con la tradición del internacionalismo marxista, Stalin tuvo la imprudencia de sostener que Marx y Engels habían ignorado… la ley del desarrollo desigual del capitalismo, supuestamente descubierta por Lenin. Esta afirmación debería ocupar el primer lugar en nuestro catálogo de curiosidades intelectuales. La desigualdad del desarrollo marca toda la historia de la humanidad, y más particularmente la del capitalismo. El joven historiador y economista, Solntsev –militante extraordinariamente dotado y de una rara calidad moral, muerto en las prisiones soviéticas perseguido por su adhesión a la Oposición de Izquierda-, escribió en 1926 una excelente nota sobre la ley del desarrollo desigual, tal como se encuentra en la obra de Marx. Naturalmente que este trabajo no pudo publicarse en la URRS. Razones opuestas hicieron que se prohibiera la obra de un socialdemócrata alemán –Vollmar- enterrado y olvidado hace largo tiempo, quien sostuvo, ya en 1878, que un <Estado socialista aislado> era posible –refiriéndose a Alemania, no a Rusia- e invocando la <ley> del desarrollo desigual, que se nos dice era desconocida hasta Lenin.

George H. Vollmar escribía:

<El Socialismo implica relaciones económicamente desarrolladas, y si la cuestión se limitara tan sólo a ellas, el socialismo debería ser más fuerte donde el desarrollo económico es mayor. En realidad, el problema se plantea de otro modo. Inglaterra es indudablemente el país más avanzado desde el punto de vista económico y, sin embargo, el socialismo es allí muy secundario, mientras que en Alemania, país menos desarrollado, se ha transformado en una fuerza tal que la vieja sociedad ya no se siente segurota…>. Vollmar continuaba, después de haber indicado el poder de los factores que determinan los acontecimientos: (…). La hipótesis de una victoria simultánea del socialismo en todos los países civilizados está completamente excluida, lo mismo que la de la imitación por los otros países civilizados del ejemplo del Estado que se haya dado una organización socialista (…). Así llegaremos al Estado socialista aislado que espero haber probado que, si no la única posibilidad, al menos la más probable>. Esta obra, escrita cuando Lenin tenía ocho años, da una interpretación de la ley del desarrollo desigual mucho más justa que las de los epígonos soviéticos a partir de 1924. Notemos que Vollmar, teórico de segunda categoría, no hacía más que comentar las ideas de Engels, a quien, se nos ha dicho, la ley del desarrollo desigual le era desconocida.

El > ha pasado desde hace largo tiempo del dominio de la hipótesis al de la realidad, no en Alemania, sino en Rusia. El hecho de su aislamiento expresa precisamente el poder relativo del capitalismo mundial y la debilidad relativa del socialismo. Entre el Estado aislado y la sociedad socialista, desembarazada para siempre del Estado, queda por franquear una gran distancia que corresponde justamente al camino de la revolución internacional.

Beatrice y Sydney Webb nos aseguran, por su parte, que Marx y Engels no creyeron en la posibilidad de una sociedad socialista aislada, por la simple razón de que (neither Marx nor Engels had ever dreamed) instrumento tan poderoso como el monopolio del comercio exterior. No se pueden leer estas líneas sin embarazo por personas de edad tan avanzadas. La nacionalización de los bancos y de las sociedades mercantiles, de los ferrocarriles y de la flota mercante, es tan indispensable para la revolución social como la nacionalización de los medios de producción, incluyendo las industrias de la exportación. El monopolio del comercio exterior no hace más que concentrar en manos del Estado los medios materiales de la importación y la exportación. Decir que Marx y Engels nunca pensaron en ello, es decir que no pensaron en la revolución socialista. Para colmo de desdichas, el monopolio del comercio exterior es, para Vollmar, uno de los recursos más importantes del . Marx y Engels hubieran podido aprender el secreto en este autor, si él no lo hubiera aprendido de ello.

La del socialismo en un solo país, que Stalin no expone ni justifica en ninguna parte, se reduce a la concepción, extraña a la historia y más bien estéril, de que las riquezas naturales permiten que la URRS construya el socialismo dentro de sus fronteras geográficas. Se podría afirmar, igualmente, que el socialismo vencería si la población del globo fuese dos veces menor de lo que es. En realidad, la nueva teoría trataba de imponer a la conciencia social un sistema de ideas más concreto: la revolución ha terminado definitivamente; las contradicciones sociales tendrán que atenuarse progresivamente; el campesino rico será asimilado poco a poco por el socialismo; el conjunto de la evolución, independiente de los acontecimientos exteriores, seguirá siendo regular y pacífico. Bujarin, intentando dar algún tipo de fundamento a la teoría, declaró que estaba probado contra toda duda que <las diferencias de clase en nuestro país o la técnica atrasada no nos conducirán al fracaso; podemos construir el socialismo aun en este terreno de miseria técnica; su crecimiento será muy lento, avanzaremos a paso de tortuga pero construiremos el socialismo y lo terminaremos…>. Subrayemos esta fórmula: <Construir el socialismo sobre una base de técnica miserable> y recordemos una vez más la genial intuición del joven Marx: con una base técnica débil <sólo se socializa la necesidad, y la penuria provocará necesariamente competencias por los artículos necesarios que harán que se regrese al antiguo caos>.

En abril de 1926, la Oposición de Izquierda propuso a una asamblea plenaria del Comité Central la siguiente enmienda a la teoría del paso de tortuga: <Sería radicalmente erróneo creer que se puede ir hacia el socialismo a una velocidad arbitrariamente decidida cuando se está rodeado por el capitalismo. El progreso hacia el socialismo sólo estará asegurado cuando la distancia que separa a nuestra industria de la industria capitalista avanzada (…) disminuya evidente y concretamente, en lugar de aumentar>. Con mucha razón, Stalin consideró esta enmienda como un ataque <enmascarado> contra la teoría del socialismo en un solo país y rehusó categóricamente relacionar la velocidad de la edificación con las condiciones internacionales. La versión estenográfica da su respuesta en los siguientes términos: <El que haga intervenir en este caso el factor internacional, no comprende cómo se plantea el problema y embrolla todas las nociones, sea por incomprensión, sea por deseo consciente de sembrar la confusión>. La enmienda de la Oposición fue rechazada.

La ilusión de un socialismo que se construye suavemente –a paso de tortuga- sobre una base de miseria, rodeado por enemigos poderosos, no resistió largo tiempo los golpes de la crítica. En noviembre del mismo año, la XV Conferencia del partido reconoció, sin la menor preparación en la prensa, que era necesario <alcanzar en un plazo histórico relativamente (?) mínimo, y sobrepasar, enseguida, el nivel de desarrollo industrial de los países capitalistas avanzados>. La Oposición de Izquierda fue, en todo caso, <sobrepasada>. Pero aunque dieran la orden de <alcanzar y sobrepasar> al mundo entero en un <plazo relativamente mínimo>, los teóricos que la víspera preconizaban la lentitud de la tortuga, eran prisioneros del <factor internacional> tan temido por la burocracia. Y la primera versión de la teoría estalinista, la más clara, fue liquidada en ocho meses.

El socialismo tendrá que <sobrepasar> ineludiblemente al capitalismo en todos los dominios, escribía la Oposición en un documento repartido ilegalmente en marzo de 1927, <pero en este momento no se trata de las relaciones del socialismo con el capitalismo en general, sino del desarrollo económico de la URRS con relación al de Alemania, de Inglaterra, de los Estados Unidos. ¿Qué hay que entender por un plazo histórico mínimo? Quedaremos lejos del nivel de los países capitalistas avanzados durante los próximos períodos quinquenales. ¿Qué sucederá en este tiempo en el mundo capitalista? Si admitimos que pueda disfrutar de un nuevo período de prosperidad que dure algunas decenas de años, hablar del socialismo en nuestro atrasado país será una triste necesidad; tendremos que reconocer que nos engañamos al considerar nuestra época como la de la putrefacción del capitalismo. En este caso, la república de los soviets será la segunda experiencia de la dictadura del proletariado, más larga y más fecunda que la de la Comuna de París, pero al fin y al cabo una simple experiencia(…) ¿Tendremos razones serias para revisar tan resueltamente los valores de nuestra época y el sentido de la revolución internacional? No. Al concluir su período de reconstrucción (después de la guerra), los países capitalistas vuelven a encontrarse con todas sus antiguas contradicciones interiores e internacionales, pero aumentadas y agravadísimas. Esta es la base de la revolución proletaria. Es un hecho que estamos construyendo el socialismo. Pero como el todo es mayor que la parte, también es un hecho no menos cierto, pero mayor, que la revolución se prepara en Europa y en el mundo. La parte sólo podrá vencer con el todo (…).

<El proletariado europeo necesita un tiempo mucho menos largo para tomar el poder que el que nosotros necesitamos para superar, desde el punto de vista técnico, a Europa y América… Mientras tanto, tenemos que aminorar sistemáticamente la diferencia entre el rendimiento del trabajo en nuestro país y el de los otros. Cuanto más progresemos, estaremos menos amenazados por la posible intervención de los bajos precios y, en consecuencia, por la intervención armada (…). Cuanto más mejoremos las condiciones de la existencia de los obreros y de los campesinos, con mayor seguridad precipitaremos la revolución en Europa, más rápidamente esta revolución nos enriquecerá con la técnica mundial y más segura y completa será nuestra edificación socialista como una parte de la construcción de Europa y del mundo>. Este documento, como muchos otros, quedó sin respuesta, a menos que se hayan considerado como tal las exclusiones del partido y los arrestos.

La ley del desarrollo desigual tuvo por resultado que la contradicción entre la técnica y las relaciones de propiedad del capitalismo provocara la ruptura de la cadena mundial en su eslabón más débil. El atrasado capitalismo ruso fue el primero que pagó las insuficiencias del capitalismo mundial. La ley del desarrollo desigual se une, a través de la historia, con la del desarrollo combinado. El derrumbe de la burguesía en Rusia provocó la dictadura del proletariado, es decir, que un país atrasado diera un salto hacia adelante con relación a los países avanzados. El establecimiento de las formas socialistas de la propiedad en un país atrasado tropezó con una técnica y una cultura demasiado débiles. Nacida de la contradicción entre las fuerzas productivas mundiales altamente desarrolladas y la propiedad capitalista, la Revolución de Octubre engendró a su vez contradicciones entre las fuerzas productivas nacionales, demasiado insuficientes, y la propiedad socialista.

Es verdad que el aislamiento de la URRS no tuvo las graves consecuencias que eran de tenerse: el mundo capitalista estaba demasiado desorganizado y paralizado para manifestar todo su poder potencial. La <tregua> ha sido más larga de lo que el optimismo crítico hacía esperar. Pero el aislamiento y la imposibilidad de aprovechar los recursos del mercado mundial aun cuando fuese sobre bases capitalistas (ya que el comercio exterior había caído a una cuarta o quinta parte de lo que era en 1931), no sólo obligaban a hacer enormes gastos en la defensa nacional, sino que provocaban uno de los más desventajosos repartos de las fuerzas productivas y un lento crecimiento del nivel de vida de las masas. Sin embargo, la plaga burocrática ha sido el producto más nefasto del aislamiento.

Las normas políticas y jurídicas establecidas por la revolución ejercen, por una parte, una influencia favorable sobre la economía atrasada y sufren, por otra, la acción deprimente de un medio atrasado. Cuanto más largo sea el tiempo que la URRS permanezca rodeada por un medio capitalista, más profunda será la degeneración de los tejidos sociales. Un aislamiento indefinido provocaría infaliblemente no el establecimiento de un comunismo nacional, sino la restauración del capitalismo.

Si la burguesía no puede dejarse asimilar pacíficamente por la democracia socialista, el Estado socialista, por su parte, tampoco puede fusionarse pacíficamente con un sistema capitalista mundial. El desarrollo socialista pacífico de <un solo país> no está en el orden del día de la historia; una larga serie de trastornos mundiales se anuncia: guerras y revoluciones. En la vida interior de la URRS también se anuncian tempestades inevitables. En su lucha por la economía planificada, la burocracia ha tenido que expropiar al kulak; en su lucha por el socialismo, la clase obrera tendrá que expropiar a la burocracia sobre cuya tumba podrá escribir este epitafio: <Aquí yace la teoría del socialismo en un solo país>” Autor: (León Trotsky)

En memoria de la Revolución de Octubre

Cuando se acercó la primera aurora del año 2001, casi nadie recordaba, para bien, aquella epopeya cristalizada por una legión de más o menos treinta mil hombres y mujeres que tomaron el poder político, en la Rusia burguesa que seguía teniendo sus raíces del zarismo, una madrugada del 24 de octubre de 1917 y que luego, pasó a conmemorarse en el mes de noviembre. Casi de manera silenciosa como si fuera la emboscada más perfecta y sin ninguna ansia de sangre, los bolcheviques y los obreros y los soldados encendidos de espíritu revolucionario ocuparon sin gastar balas las instituciones fundamentales del Estado ruso. Los obreros (proletarios del capitalismo) y al frente el Partido Bolchevique, con Vladimir Lenin como su principal ideólogo y para el momento clandestino y León Trotsky a la cabeza de los soviets, cumplieron a cabalidad la histórica y gloriosa jornada insurreccional que los llevó a implantar la primera y más genuina dictadura del proletariado en el mundo.

Un largo, penoso y complejo periodo de intensas luchas y sacrificios habían padecido los obreros, los campesinos, los verdaderos demócratas y revolucionarios rusos bajo la autocracia de los zares. En febrero de 1917, se había producido la revolución burguesa. Kerensky era el ídolo de la burguesía y los partidos comprometidos con los tuétanos del régimen capitalista. Ocho meses bastaron para que las condiciones objetivas y subjetivas se armonizaran en una perfecta relación dialéctica, y pudieran los obreros, campesinos, militares inconformes y los revolucionarios, crear esa fuerza que se hace invencible cuando se dispone darlo todo por el triunfo de la causa de la justicia y la libertad.

Alemania había tomado la iniciativa en desatar la conocida Primera Guerra Mundial. Las necesidades económicas del imperialismo exigían reparto, dominio y saqueo de las riquezas del mundo. Marx y Engels, desde mitad del siglo XIX, habían legado para el proletariado la doctrina más científica, dialéctica y revolucionaria que los dotaba de teoría para la lucha de clases. El viejo sabio Marx se había dormido para siempre creyendo que la revolución proletaria primero se haría en los tres países capitalistas más avanzados de Europa (Alemania, Francia e Inglaterra) y, posteriormente, recorrería el mundo entero a pasos de vencedor. La revolución proletaria, como toma del poder político, se produjo, por el contrario, en la nación más atrasada del capitalismo europeo y el proceso de transición del capitalismo al socialismo sería más sangriento y complejo: Rusia.

En medio de un cerco de guerra imperialista comenzó el periodo de gateo de la revolución. Un <comunismo de guerra> se hizo necesario. Forzar u obligar, por el imperio de la necesidad, a los obreros a realizar cuotas de sacrificio y dar su sangre esperanzados en un futuro digno para su existencia se constituyó en la piedra angular de la revolución en sus primeros años. El imperialismo, unificado por sus profundos lazos de expoliación y saqueo, hizo todo cuanto pudo para que la revolución proletaria se derrumbara en el plazo más corto posible.

La resistencia victoriosa de la Revolución de Octubre, Rusa o Bolchevique como se le identificó, trajo un periodo de calma en que las fuerzas imperialistas optaron por un repliegue y buscar otros mecanismos de contrarrevolución. Así se fue haciendo, unificados muchos pueblos o regiones, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas una potencia capaz de disputarse la supremacía del globo con el campo capitalista imperialista.

La burocracia, ya desaparecida la legión de los mejores bolcheviques, fue extendiendo sus tentáculos y abarcando todos los espacios de la revolución. Se fue haciendo termidoriana dando triunfo a las fuerzas del cesarismo. El poder no era del proletariado sino de la autocracia. La democracia se reducía a los círculos más allegados y serviles a la cúpula de un Buró Político y un Secretario General que todo lo pensaban y todo lo decidían inconsultamente. La casta burocrática se armó de todo el poder y despojó a los soviets de sus instrumentos de fuerza para que se extinguieran en perjuicio del proceso revolucionario. El stalinismo se hizo <doctrina> y sometió a la hoguera las verdaderas expresiones del pensamiento social revolucionario. El socialismo se medía por el tipo de carro en que se desplazaban los miembros del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética. Todo indicaba la fracturación, en muchos pedazos, de la clase obrera que vivía en denigrante condiciones socioeconómicas con respecto a la casta burocrática que se hizo dueña del poder y de la mayor parte de la riqueza en la distribución.

El <socialismo> de la Unión Soviética, lo juraban los termidorianos stalinistas y sus embajadores de la mentira repartidos por el mundo entero, avanzaba tan seguro y arrollador que se puso de moda la teoría del <desarrollo del socialismo en un solo país>. Así la revolución, pensada y actuada a la manera stalinista, se olvidaba que la economía es mundial y que el capitalismo globaliza la miseria y el dolor mientras desglobaliza la riqueza y el privilegia, aunque no lo quieran las conciencias de los comunistas. La Unión Soviética nunca pudo demostrar que había sobrepasado los niveles fundamentales del desarrollo del capitalismo altamente desarrollado. Su mundo seguía siendo un proceso transicional donde los elementos del capitalismo resistían victoriosamente en su lucha contra los socialistas.

La Segunda Guerra Mundial trajo un gran respiro a la Unión Soviética porque pudo exportar la revolución con toda su metodología stalinista de pensar y de actuar. El mundo quedó prácticamente dividido en dos polos. Guerras calientes y guerras frías se disputaban la supremacía del planeta y de los espacios exteriores. El socialismo, como régimen profundamente humano de vida y de la solidaridad, no cristalizaba. Lo habían desvirtuado y degenerado casi por completo. La autocracia se nutre de una burocracia y una fuerza que debe legitimar el silencio y la sumisión para que nada le obstruya y se oponga. Nada tiene que ver esas cosas con el socialismo. Este es emancipación del hombre y la mujer y no despotismo para gobernarlos.

Un pueblo amordazado siempre es inconforme aunque mucho se invierta en el silencio. Los pilares que sustentan una autocracia se van roturando por las torpezas propias de su entraña. Los desaciertos se acumulan y se dividen buscándole culpables y las ansias de libertad se van multiplicando. La Unión Soviética demostró que su régimen no era socialista sino un termidor burocrático que se apropiaba del trabajo de los proletarios que sí soñaban con hacer real su comunismo humanitario pero carecían de poder y de recursos. El capitalismo imperialista esperaba la vuelta de la Unión Soviética, fracturada, con sus brazos abiertos. El muro de Berlín era una vergüenza y una semblanza de opresión y no de libertad.

Se hizo grito de libertad el largo silencio de opresión. Se derrumbó el muro de Berlín. La perestroika y el glasnov se hicieron llaves para abrir los candados de las rejas que aprisionaban el alma de millones de hombres y mujeres que clamaban por libertad. Así hizo la autocracia stalinista que volviera el capitalismo a ofrecer lo que nunca puede cumplir pero que el <socialismo en un solo país> jamás pudo demostrar como bien común. Así también nació un tiempo en que se unieron ideólogos de distintas tendencias para comulgar con las mismas consignas de aseveraciones: , y .

Entramos ya al tercer milenio cargando un mundo globalizado que camina sin piedad incrementando la miseria social, expoliando irracionalmente las riquezas, premiando la desigualdad que privilegia a la minoría y castiga a la mayoría, haciendo del hombre un lobo contra el hombre, mutilando largos y costosos sueños de redención para que unos pocos gobiernen y disfruten la vida en detrimento de muchos que sólo a duras penas sobreviven. En ese mundo, ahora más que nunca y escribimos para los adultos, en nombre de todos los niños empobrecidos del planeta, es cuando cobra mayor vigencia el arma espiritual del marxismo y la esperanza material del socialismo. Sólo este régimen puede hacernos flotar victoriosos para alcanzar una cultura universal que nos emancipe de todo sistema de injusticias y desigualdades sociales.

La otrora y derrumbada Revolución Rusa, aun cuando sirve de ejemplo para que galopen con aparentes triunfos los capitalistas actuales dueños del mundo, también ha dejado una secuela de signos que nos iluminan que la evolución y sus saltos históricos nos prometen un destino de emancipación social. Toda época exige sus costosos esfuerzos y sacrificios. Los que hoy vivimos este mundo donde impera el irracionalismo, la explotación y la opresión del hombre por el hombre, tenemos la obligación de pagar nuestra cuota de lucha para que el porvenir llegue al punto de dignidad en que todos los huertos serán floridos y la felicidad humana se extenderá invencible por todos los ámbitos del planeta. El pensamiento y la obra genuinos de la otrora y derrumbada Revolución Rusa, Bolchevique o de Octubre siguen andando. Su cadáver, incinerado por el stalinismo y el imperialismo, no pudo evitar que se expandieran esas partes de las cenizas que recogieron y simbolizan la esencia de aquellos obreros, campesinos, hombres y mujeres (como Lenin, Sverlov, Trotsky, Rosa Luxemburgo y tantos otros), que desde el fondo de su alma brotaron las esperanzas de redención para que el mundo entero se emancipara y reinara el imperio de la libertad sobre el imperio de las necesidades.

Necesitamos un poco de Hu Shi

Vivimos un período interesante e intenso de nuestra historia en que por vez primera se producen grandes batallas públicas en el campo de las ideas haciendo valer los derechos a la libertad de palabra y de pensamiento, sin que los gendarmes que persiguen la literatura marxista tengan a su disposición un tribunal de la Inquisición que condene, por adherencia a la rebelión u ofensa al sagrado principio ideológico del burgués pensar y decidir por los pobres, a los participantes de las mismas.

Todo proceso revolucionario está obligado a prestar atención al lenguaje de las masas sin que tenga por deber asumir el del nivel más bajo como la bandera de sus discursos. Está demostrado que el pueblo hace conciencia desde fuera como desde dentro. Y que en situación revolucionaria nadie asimila como él la esencia más revolucionaria del ideal que le sirve de bandera ideológica para su lucha por los objetivos que le liberan de sus explotadores y opresores. Aquel intelectual que cree que mucho enseña al pueblo y que éste nada tiene que enseñarle, termina ahogándose en sus propias inconsistencias. Grandes y valiosos intelectuales del marxismo, como Plejanov y Kautsky, terminaron dando la espalda a la necesidad histórica porque jamás quisieron confundirse con las masas en las luchas por la revolución.

El lenguaje es fundamental para el entendimiento humano y, especialmente, en el campo de la política o de la ideología. Marx decía que cuando la teoría prende en la conciencia de las masas se hace práctica social. Lenin decía que sin teoría revolucionaria no existe movimiento revolucionario. Los intelectuales que pretendan crear conciencia en las masas agarrándose exclusivamente del academicismo en la enseñanza, siempre se encontrarán con un muro inexpugnable y las palabras se pierden entre las alas del viento que en ese momento pase aunque sea rozando las cabezas de todos los instructores de la teoría. Las masas no disponen del tiempo que utilizan los intelectuales para el estudio, la investigación y la reflexión de los hechos ni de las ciencias. Pero en verdad las ideas influyen en los procesos aunque no los determinen. De allí la importancia de la ideología o de la conciencia formada. Para éstas es imprescindible tomar en cuenta el lenguaje con que se expresan las masas y que no tiene parecido con el propio de las ciencias. Si un intelectual escribe sus libros, inspirado en que sea leído y estudiado por las masas para crearle conciencia, sólo tomando en consideración su propio lenguaje científico y sin tomar en cuenta el lenguaje en que habla la mayoría del pueblo, resulta un trabajo baldío, una obra mutilada desde su inicio y no se llegará a la esencia del propósito. Precisamente la burguesía sabe que es en filosofía donde el proletariado resulta más débil para su formación, porque la terminología viene siendo como un kilómetro de estopa que la clase obrera en su conjunto no se ocupará, por muchas razones, de desenredar en el capitalismo.

El proceso bolivariano, prometiendo el socialismo como alternativa frente al capitalismo, debe ir acompañado también de un proceso nuevo de literatura que en una importante medida se fundamente en el espíritu de Hu Shi; es decir, que las obras se escriban en la lengua que hable y entienda el pueblo (sin uso del vulgarismo chabacano) y no en la lengua que hasta ahora han escrito los intelectuales de la filosofía. La conocida “revolución literaria” en China, comenzando el año en que se producen dos revoluciones en Rusia -1917-, la propició Hu Shi al solicitar que se empleara la lengua baihua (la comprendida por el pueblo) y no la lengua escrita (wenyan) (utilizada por los letrados), de manera que las obras literarias se hicieran accesibles a todos, y, además, estuvieran ligadas de modo mucho más directo a la vida del pueblo.

No se trata de eliminar el carácter científico de la literatura, ni menos de buscarle sinónimos que descalifiquen la esencia de su contenido. Se trata de aplicar un estilo mucho más simple, claro y substancial que le imprima popularidad, que un elevado porcentaje del pueblo sea capaz de entenderlo y, además, que motive a éste para la lectura.


¡¡¡Sin justicia social, la paz será siempre una utopía!!!



viernes, 16 de enero de 2009



Primera Edición de enero de 2009.


El epa felicita al pueblo cubano -en general- y a su máximo líder (el camarada Fidel Castro) –en lo particular- por el cumplimiento del Cincuenta aniversario de la Revolución

De la Revolución Cubana son muchos los aspectos que se pueden destacar, porque son reconocidos por amigos y enemigos y, además, lo que está a poca distancia de los ojos no necesita de lupa para distinguirlo tal como es el hecho en sí mismo. Sin embargo, al conmemorarse cincuenta años o medio siglo de esa importantísima gesta histórica americana –en lo particular- y mundial –en lo general- es digno resaltar el heroísmo de un pueblo para luchar y sobreponerse –generalmente- con éxito a múltiples y difíciles avatares no tanto de factores internos sino externos, que han buscado –por diversos medios- lograr el derrumbe de la Revolución para que Cuba se convierta, una vez más, en un satélite pornográfico del imperialismo estadounidense.
El intervencionismo imperialista en los asuntos internos de Cuba, desde antes y después de Bahía de Cochinos; los muchos atentados a su máximo líder (el camarada Fidel Castro); el bloqueo económico imperialista con el objetivo de crear crisis de hambre y sed en la sociedad cubana; el cerco de naciones (OEA –salvo México-) durante décadas en complot con las políticas imperialistas para generar situaciones políticas propicias para el derrocamiento del poder revolucionario; la caída de la Unión Soviética y el campo socialista de Oriente y otros elementos, que han sido superados por la Revolución, significan no sólo la inmensa fuerza de convicción revolucionaria de un pueblo, sino también la capacidad de heroísmo con que han sabido enfrentar las peores vicisitudes sin dejar resquebrajar los fundamentos de la Revolución. Eso es en sí una grandeza histórica digna de merecerle el más sublime reconocimiento al glorioso pueblo cubano.
Por ello, entre otras cosas, el epa se solidariza con todas y cada una de las festividades que en el mundo se han realizado y –de seguro- se continuará programando para celebrar el medio siglo de existencia de la más importante Revolución que se haya producido en el seno del continente americano.
Consejo Consultivo


¿Cómo serán las próximas dictaduras en América Latina?

Hay fenómenos que escapan a la lógica política o, algunas veces, no es mucho lo que se hace por prevenirlos o entenderlos. Y cuando se producen agarran a todo o casi todo el mundo por sorpresa y, especialmente, a los que nunca quisieron ni siquiera imaginárselos, lo cual obliga a tener que bandearse de un lado a otro –como el trapecista- tratando de salir con vida de la tormenta. Nadie o que se sepa, por ejemplo, previó entrada la década de los noventa del siglo XX que un grupo de militares, incursionando en la política bajo la protección de los uniformes, iba a bajar un telón y subir otro que despertaría, a favor y no en contra de los pueblos, inquietudes que venían desde lustros atrás dormidas en un letargo de conformismo social.
El capitalismo está crisis pero eso no quiere decir que esa crisis lo conduzca irremediablemente al colapso total. Ningún régimen de producción que se sustente en la explotación del hombre por el hombre y que tenga por principio sagrado a la propiedad privada sobre los medios de producción puede escapar a las crisis, a la depresión crónica, al déficit agobiante, a su propia desaparición o muerte. ¿O es que acaso todo lo que nace no es digno que muera como lo dijo Goethe? Hace más de un siglo y seis décadas Inglaterra vivió una crisis que parecía sólo concluir por medio de la fuerza a favor de la revolución proletaria. No fue así e Inglaterra sigue teniendo su reina que representa su “estética” y la necesidad que tiene la monarquía capitalista de un tumultuoso séquito de sirvientes domésticos, y, además, su primer ministro que la representa políticamente ante el resto del mundo anunciando siempre la voracidad expansionista del imperialismo.
La crisis puede compararse con una huelga general. Si los obreros, luego de declarada la huelga, se instalan en las empresas o fábricas a esperar que los dueños de las mismas –por cansancio o por hambre- terminen negociando y aceptando el petitorio de los huelguistas, es prácticamente seguro que sean éstos quienes terminen por cansarse, pasar hambre y ceder al ofrecimiento mínimo de los señores capitalistas. Una huelga, si se pretende derrocar a un determinado régimen, debe pasar a la ofensiva más allá de las fronteras de las fábricas; deben los obreros tomar las calles, los barrios, las escuelas, las universidades, todos los espacios públicos, ir donde estén las masas, lograr que éstas se impliquen en la lucha, fracturar y ganarse una parte del ejército del sistema, que el partido político se ponga al frente como vanguardia, que la huelga termine por transformarse en una insurrección o una rebelión. Pero para esto se necesita, primera condición, que el proletariado se gane para tan significativa acción y que execre de su lucha las reivindicaciones temporales por la principal: toma del poder político. En el caso de Inglaterra, refiriéndonos a la crisis antes señalada, el proletariado inglés –por lo menos una importantísima parte- marchaba detrás de la cola del partido liberal, y éste no era precisamente ningún partido político de vanguardia de la clase obrera sino, más bien, de los fabricantes. No había oportunidad que esa crisis terminara en una revolución contra el capitalismo.
Cada cierto –más corto que largo- tiempo el capitalismo cojea en crisis, pero no termina de caerse porque el mismo proletariado le construye las muletas para que se recupere de su dolor; cada cierto tiempo la crisis hace tambalear al capitalismo, pero el proletariado le fabrica las barandas para que se sostenga y no caiga en el abismo; cada cierto tiempo la crisis hace que el capitalismo lance patadas de ahogado, pero el proletariado le lanza la soga que lo rescata sacándolo a la orilla; cada cierto tiempo el capitalismo entra en un cerco ardiente de fuego, pero el proletariado le sirve de bombero para apagárselo. Unas cuantas veces, cuando las crisis piden a gritos soluciones de fuerza, la revolución a nivel mundial –más por culpa del proletariado que de otra cosa- se ha quedado dormida detrás de los sacudones. Crea más expectativa, hasta ahora, el destino dramático de una bolsa de valores que el inmenso cráter donde cae la mitad del cuerpo capitalista. Y en vez de empujarlo para que se hunda completo y ponerle una lápida con una inscripción nomás (“al fin el mundo feliz y al derecho”), el proletariado le pone una escalera para que vuelva a subir a la superficie y continúe arriando con sus atrocidades en perjuicio de la mayoría de la humanidad. Si el proletariado –en este caso de las naciones imperialistas- no quiere entender su papel histórico, no es culpa de Marx ni del marxismo sino del mismo proletariado. ¿Será que hace falta llegue ese día en que la clase obrera de las naciones imperialistas, incluyendo a esa casta aristocrática que perderá prebendas, entren en una situación de miseria tan semejante al proletariado de ese mundo que llaman subdesarrollado o atrasado para que se decida por la revolución? Marx no está vivo para responder a esa interrogante, y sólo el proletariado tiene potestad de respuesta. Lo que sí dijo el padre del marxismo es que precisamente en tiempo de crisis revolucionaria es cuando conjuran temerosos, contra los vivos que se proponen revolucionarse y revolucionar las cosas, “… en su auxilio los espíritus del pasado, toman prestados sus nombres, sus consignas de guerra, su ropaje, para, con este disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado, representar la nueva escena de la historia universal…” Y cita como ejemplos: a Lutero disfrazado de apóstol Pablo, a la revolución de 1789-1814 vestida de alternativamente con el ropaje de la República Romana y del Imperio Romano, y a la revolución de 1848 como parodiar aquí al 1789 y allá la tradición revolucionaria de 1793 a 1795.
Las crisis actuales del capitalismo, como la que se ha manifestado en Estados Unidos en estos primeros días del último trimestre del año 2008, no hace más que poner en evidencia que la dirección histórica del mundo debe pasar a manos del proletariado, única clase que lleva en su entraña la condición de posesionarse de las fuerzas productivas que escapan a las manos de la burguesía y llevarlas por el mundo sin fronteras para que cada integrante del planeta participe en la producción, en la distribución y en la administración de las riquezas sociales, por una parte, y, por la otra, facilite el nuevo desarrollo de las fuerzas productivas, acreciente su rendimiento garantizándole a la humanidad –en general- y a la persona –en lo particular- la satisfacción de todas sus necesidades razonables, como lo decía Engels. El proletariado tiene la palabra y también la acción. Nadie, por mucho poder “sobrenatural” o “milagroso” que tenga, podrá hacer lo que sólo al proletariado está permitido hacer. Esto no significa que quien no sea proletario deje de luchar por la revolución. No, más bien es su deber luchar, pero la producción como el mejor escenario de la lucha de clases pertenece al proletariado y no a un maestro o un alumno de un aula de escuela, aunque éstos jueguen un papel importante en lucha política.
Las grandes crisis del capitalismo si no concluyen en estallido revolucionarios, si el proletariado no se decide a cumplir con su papel de redentor de la humanidad, suelen ocasionar serios trastornos sociales en aquellas naciones –esencialmente- del campo subdesarrollado, en ese contexto en que el control y manejo de fuerzas productivas depende de los dictámenes o técnicos o científicos del capitalismo altamente desarrollado. Mientras este campo perdure y siga manteniendo la hegemonía del mercado mundial, gozando de influencia política en estados o gobiernos que obedecen a los designios del imperialismo, dominando el control y saqueo de materias primas de otros países, las crisis pueden estar a la vuelta de la esquina, pero de allí a la revolución –esa que le echa el guante al poder político- existe un trecho que no lo decide la objetividad, sino el elemento subjetivo, ese que se caracteriza por la existencia de un verdadero partido político de vanguardia clasista, de una parte importante del proletariado capaz de rebelarse para llevar su lucha hasta las últimas consecuencias y, además, de un sentido consciente de solidaridad internacionalista que vulnere cimientos imperialistas en muchas regiones del mundo al mismo tiempo. Una o dos o hasta diez grandes bolsas de valores pueden temblar y cerrar sus lujosas oficinas por unos días; unos bancos pueden declararse en ruina y robarse el dinero de los ahorristas; unas cuantas fábricas de alimentos pueden alegar haber entrado en quiebra y clausurar sus portones. Eso refleja una crisis, pero si los ahorristas, si los trabajadores, si los consumidores no hacen nada por darle la vuelta a la tortilla y se deciden por esperar que sea el mismo capitalismo quien le busque solución a la gravedad de su mal, éste continuará de una u otra forma pero no caerá el capitalismo en el foso de la muerte eterna. Mejor dicho: estamos en el tiempo en que las crisis del capitalismo exigen que el factor subjetivo haga explosión para que se pueda romper la cadena que mantiene a casi toda la humanidad prisionera de las atrocidades de ese último régimen de explotación y opresión del hombre por el hombre o de unas clases por otras, que ya se encuentra en su fase más dantesca y más diabólica.
Existen dos regiones en el planeta que tienen una importancia capital para las naciones imperialistas y, especialmente, para palear las profundas crisis que las ponen al borde del jaque mate. Son: el Medio Oriente y América Latina. Demás está explicar las riquezas energéticas que poseen en sus senos. Claro, en el caso de América Latina existe una desventaja en relación con el Medio Oriente, y es que está mucho más cerca de Estados Unidos que de Europa, pero en el mundo árabe existen más gobiernos de resignación oprobiosa al imperialismo que en Latinoamérica en este momento histórico de comienzo del siglo XXI. Por esas dos regiones caerán los imperialistas con todos los yerros. Irak es el inicio y no el final. Las naciones imperialistas, por muchas contradicciones que tengan entre sí por la voracidad de sus ansias de dominación del mundo, procurarán entonarse en armonía a la hora en que una crisis las envuelva con la misma dimensión de destrucción con que ataca un huracán las costas de México y de Estados Unidos. Es el destino final que se juegan si se presentan fracturados y matándose entre sí. Lo mismo vale para las naciones del Medio Oriente y de América Latina si pretenden no caer en las garras de la depredación final con que los imperialismos se jugarán su última carta en la puerta de la sala de terapia intensiva.
Para eso requerirán de cambios en el timón político estatal en todo el Medio Oriente y en toda América Latina. Necesitan de gobiernos con una capacidad de servilismo que vaya más allá de la raya de la más repugnante resignación esclavista a favor del imperialismo y en contra de sus pueblos nacionales o, mejor dicho, de bonapartismo químicamente puro, ese que se gemela con lo que fue Pilsudski en la Polonia de la segunda mitad de la década de los veinte y primera de los treinta del siglo XX; más allá de Pinochet pero un poquito, sólo un poquito, más acá de lo que fue el falangismo de Franco en España durante varias décadas del siglo XX; de lo que fue el fascismo de Mussolini en Italia desde los años veinte hasta comienzo de los cuarenta del siglo XX; y de lo que fue el nazismo de Hitler en Alemania de los años treinta y parte de los cuarenta del siglo XX. No habrá ni falangismo, ni fascismo ni nazismo destilados en la pureza del racismo, pero sí unas cuantas o muchas noches de cuchillos bien largos y filosos.
Poco le va a importar al imperialismo en crisis crónica y de terapia intensiva que el gobierno epígono lo encabece un general o un civil. Lo que importa es que se ajuste –con exactitud asombrosa- a la medida del traje de fiel y perverso guardián de los supremos intereses económicos de los expoliadores, de los saqueadores, de las aves de rapiña, de los hombres-lobos. Que los pueblos vean a su mandatario como un “superhombre”, pero no al estilo de Zaratustra de Nietzsche, sino más parecido al del Mein Kampf de Hitler; que no crea ni en partidos parlamentarios ni en movimientos de masas, sino en la mera burocracia militar, policial y estatal de derecha; es decir, en el mando de un Luis Bonaparte o de un Fouché. Habrá, sin duda, desesperación de los sectores pequeño burgueses, pero la angustia mayor, la exasperante será la de la oligarquía imperialista que intentará arrastrar consigo al abismo a una buena parte importante de la humanidad. No será el antisemitismo la suprema palabra del odio político e ideológico visceral del bonapartismo imperialista, sino el anticomunismo; no se clonará a una sociedad para que existan puros seres humanos de cabellos rubios y ojos azules, porque eso significaría quedarse el capitalismo salvaje sin esclavos; el inglés –en el caso de América Latina- será el idioma oficial y toda palabra en español o en indígena, en árabe, en ruso, en chino o en portugués será tenida como prueba jurídica o confesión de una conspiración comunista contra el imperialismo estadounidense; el libro Mein Kampf, con derecho de autor garantizado para el Estado imperialista y restituyéndole las referencias a la cristiandad que han sido sustituidas por el neopaganismo, circulará libre y legalmente por vastas regiones del mundo, mientras la Biblia y el Manifiesto Comunista serán un suficiente indicio para la pena de muerte de quien los porte. Ese macabro, cruel y dantesco cuadro lo vivará América Latina si el proletariado continúa retardando la revolución socialista o, por lo menos, la transición del capitalismo al socialismo desde México hasta la Argentina o en el Medio Oriente desde Marruecos hasta Omán. Una nueva crisis imperialista, una depresión con paro creciente, hambruna masiva, descontento de pueblo y con algunas sacudidas interiores de rebeldía, de no triunfar la revolución proletaria en las naciones altamente desarrolladas del capitalismo, se puede generar una ola de lo que el nazismo incorporó a su lenguaje político militarista: el concepto del “Blitzkrieg”, es decir, guerra relámpaga contra todo lo que considere es un estorbo a su designio de dominación absoluta del mundo. ¡Ojalá –quiera Dios diría un cristiano o quiera Marx diría un comunista- el proletariado sin fronteras nos salve de semejante cuadro de horror y muerte!

Sus Eminencias: Presidente y Demás Miembros
Conferencia Episcopal de Venezuela

Con el mayor respeto y la más alta consideración, por ustedes y por la Iglesia que representan, reciban nuestro más cordial y fraterno saludo y deseo de éxitos en sus funciones evangelizadoras.
No nos inspira el espíritu, al hacerles llegar nuestra humilde opinión como venezolanos y seres humanos, en distribuir el tiempo en la búsqueda de las fuentes originarias de la religión que ustedes, por convicción de creencia profesan, como tampoco hacer uso del marxismo, doctrina que sustentamos y pregonamos como arma de la conciencia en nuestra sincera lucha por la emancipación humana.
No es parte de nuestros argumentos andar juzgando, condenando o pensando por instituciones o personas. Entendemos que a la mayoría de los creyentes y no creyentes en Dios, los une un destino común y que, por igual desde el imperio romano hasta ahora en que domina el despotismo más cruel y salvaje que conozca la Historia de la humanidad (la globalización del capitalismo imperialista salvaje), esa misma mayoría ha sido víctima de la esclavitud social, viviendo y muriendo en las miserias y sufrimientos, mientras que la minoría ha disfrutado y disfruta a plenitud la riqueza y el privilegio sociales.
El cristianismo sufrió los más denigrantes rigores del imperio romano que negaba la existencia de Dios y así, se resignara el hombre explotado y oprimido (o herramienta que sólo hablaba), humilde y pobre de bienes materiales, a vivir toda su existencia en la esclavitud produciéndole riqueza a sus explotadores a cambio de la miseria, carecer de solidaridad a cambio del odio social, desprendido de ternura a cambio de padecer de rodillas sumiso al despotismo que lo oprimía; en fin, el imperio garantizaba la tristeza y la muerte a los muchos a cambio de la alegría y la vida para los pocos. Así fue, lo saben ustedes mejor que nosotros, que los cristianos elevaron sus miradas al cielo implorando la salvación en el Dios que el imperio, cruel y salvaje, les negaba. Nada pudieron hacer los emperadores y sus ejércitos y sus riquezas para evitar que las ideas de Cristo penetraran en el corazón y en el alma incluso de muchos de las propias fuerzas que sustentaban la ignominia social. Así fue, como Constantino no tuvo otra alternativa política e ideológica, para salvar lo poco que quedaba de un imperio que se derrumbaba por el propio peso de sus crueldades e injusticias que engendró contra las mayorías, que declarar al cristianismo religión oficial del Estado romano.
Desde ese lejano tiempo al de hoy, hace varios siglos, la mayoría de los creyentes en Dios aún no han logrado su emancipación social para salir de todo despotismo como lo pregonó Jesús. Mas, por el contrario, hubo un infortunado episodio en la Historia del cristianismo y de la humanidad en que la Iglesia, en nombre de Dios y contra el hombre y la libertad, cometió horrendos crímenes, hizo guerra sucia a las ciencias y afianzó la explotación y la opresión del hombre por el hombre. Así fue la Inquisición, período sangriento y despótico de la Iglesia contra la humanidad y que el Santo Padre, Juan Pablo II, se dignó reconocerlo, solicitar perdón por los grandes y atroces pecados cometidos en nombre de Dios, que nunca avaló ni autorizó tan denigrante manifestación, más bien, antirreligiosa que religiosa.
En la actualidad distinguidos miembros de la Conferencia Episcopal, bajo los desafueros y designios de la globalización del capitalismo imperialista salvaje, vivimos en peores y más crueles condiciones de explotación y opresión, de miseria y martirio que en aquel ya muerto período histórico del imperio romano. Si se cumplió aquella profética idea de Goethe de que “todo lo que nace es digno de morir”, debemos pensar que también la globalización capitalista tendrá su inevitable sepultura. Pero la vida del mundo humano, como la de la naturaleza y del pensamiento, no es abstracta, es concreta y tiene características propias, contradicciones que son inherentes a su propio cuerpo social, se producen acumulaciones de cambios cuantitativos que concluyen en cambios cualitativos. Esa es la ley suprema de la vida. Marchar contra ella escomo caminar en el mar o nadar sobre la arena. Sin embargo, la desaparición de la globalización capitalista no depende ni de la buena voluntad de los hombres, sean obispos o no, ni de la fe en que Dios, un día ya cansado de tanto ver injusticias de los pocos sobre los muchos en el reino que creó para que los hombres fueran justos y se amaran los unos a los otros y no se mataran los unos a los otros, se decida de una vez más acabar con este mundo para rehacerlo de nuevo. No, honorables miembros de la Conferencia Episcopal venezolana, ya no es el tiempo en que debemos invertirlo para interpretar filosóficamente el mundo, porque de lo que se trata es que el mismo hombre, con su lucha y su conciencia, creyendo o no en Dios, es quien tiene el deber de enmendar el mundo que el mismo hombre-lobo ha convertido en injusto, en invivible para las mayorías, y contrariando los postulados del Ser Supremo y la libertad que pregonó Cristo para todos los seres vivientes en la Tierra.
¿Quién puede y debe jugar un papel espiritual en la búsqueda de esa emancipación que Dios quiso para el hombre mortal en la Tierra?
La Iglesia, honorables miembros de la Conferencia Episcopal venezolana, la Iglesia y no el hombre por separado y aislado de los sentimientos nobles y buenos de la humanidad, tiene el deber –para con Dios y para con Jesucristo- marchar al frente de las nuevas luchas por el ideal de la redención social, para que no quede ni un solo ser humano viviendo la pobreza o siendo infeliz. Nadie, como la Iglesia, tiene ese contacto diario, permanente con sus feligreses. Si todos los días, los obispos y sacerdotes, profesaran la igualdad, la justicia, la libertad en las Iglesias, las homilías, las prédicas y las plegarias y oraciones, en nombre de Dios, serían verdaderas semillas capaces de sembrarse en la conciencia de los hombres y mujeres para producir cosecha de lucha por la emancipación humana.
En este dramático y trágico período de antihistoria humana en que la globalización capitalista se propone privatizar todos los órdenes de la vida económicosocial y también todas las ideologías y la misma familia sin excluir a la religión, invocamos a ustedes a la reflexión, a que la Iglesia debe situarse definitivamente al lado de los justos, de los pobres, por los cuales vivió, luchó, predicó y murió Cristo en la cruz, porque Cristo es justicia, es libertad, es redención y no explotación y opresión del hombre por el hombre, es ternura y no despotismo social, es solidaridad y no mezquindad, es amor al prójimo como a sí mismo y no odio de unos contra los otros que son los explotados y oprimidos por la globalización del capitalismo imperialista salvaje.
La Iglesia, honorables miembros de la Conferencia Episcopal venezolana, que se aleja de los pobres para servir a los ricos, se distancia de Dios para acercarse al maleficio del despotismo social. ¡Ya no más!, (en nombre de los creyentes en Dios y de los que no creemos en él pero sí en el hombre y en obispos y sacerdotes que creen en la justicia y la libertad para los pueblos), Iglesia amparando la riqueza y los pecados de quienes explotan y oprimen al hombre en nombre de Dios y de la libertad. ¡Basta ya!, de bendecir a aquel que en la Iglesia se comporta como fiel creyente y al salir de ella, arremete con mayor afán para la explotación y la opresión al hombre esclavo.
Vivimos, sus eminencias de la Conferencia Episcopal venezolana y ustedes lo saben, un mundo habitado por más de 6.500 millones de personas, de los cuales alrededor de mil quinientos millones no poseen acceso al agua común y corriente en un planeta inmensamente rico en fuentes hidrográficas; más de doscientos millones de niños y niñas no asisten a la escuela, fundamentalmente, por razones de miseria material; casi mil millones son analfabetas; más de mil quinientos millones viven con un salario por debajo de un dólar al día; y un porcentaje mayor lo hace con un salario menor a dos dólares por día; millones y millones de jóvenes de ambos sexos, se dedican a la prostitución, a la delincuencia, a la vagancia, a la indigencia; millones y millones de jóvenes tienen cerradas o vetadas las puertas de acceso a las ciencias y la tecnología. ¡Oh, terrible y trágico drama para el mundo! ¿No creen ustedes, eminencias de la Conferencia Episcopal, que la Iglesia está obligada, en nombre de Dios y de Cristo y del ser humano mismo, dar respuesta a esa denigrante situación que padece el mundo y de ponerse al frente de las luchas por los pobres, los descamisados, los condenados, los oprimidos, los explotados, los pobres, los marginados, los descalzados, los desahuciados, que son la razón de ser del cristianismo o del evangelio?
Bien saben ustedes, eminencias de la Conferencia Episcopal, que la Globalización capitalista –consideraba por el extointo Papa Juan Pablo II como salvaje-, anunció el fin de la historia y con ella, lo suponemos, de las ideologías incluyendo a la religión cristiana. Creen, los ideólogos de la perversión social, que incrementando la pobreza y el dolor, haciéndoles llegar a poblaciones que hasta hace poco no las padecían, los esclavos dejarán de pensar y, por consiguiente, de actuar en contra de quienes les martirizan la vida y les aceleran el destino de una muerta temprana. No, se equivocan quienes así piensen. La voz y el ejemplo de Cristo con la voz y el ejemplo de Marx, se juntan en una sola voz y en un solo ejemplo –para creyentes y no creyentes- para combatir la infamia, para crear conciencia de la necesidad de luchar por transformar el mundo, por la redención del ser humano, por la solidaridad como fuente imperecedera y grandiosa del progreso social, como expresión de amor por el prójimo en contra del odio racial, como luz que brille para todos contra todas las tinieblas oscuras de la globalización capitalista salvaje.
No dejen, honorables miembros de la Conferencia Episcopal venezolana, que el tiempo del deber presente se le vaya alejando a la Iglesia y ésta se distancie de Cristo y del Ser Supremo. No permitan que en nombre de Dios se perpetúe la explotación y la opresión del pobre por el rico. La Iglesia ha, como el hombre esclavo y creyente y no creyente en Dios, aprendido demasiado en los martirios del despotismo social de los imperios del esclavismo social. La experiencia, correctamente asimilada, en buenas manos es una fuente de lucha creadora por la emancipación del ser humano.
Honorables miembros de la Conferencia Episcopal venezolana, les rogamos, les pedimos, les imploramos, que prediquen en la palabra y en el hecho (en nombre de Dios, de Cristo, de la Iglesia, de ustedes mismos y del hombre mismo) la verdadera redención del ser humano y cesen, para siempre, todos los despotismos sociales.
Reiterándoles nuestro afecto y mayor respeto y consideración, nos despedimos muy atentamente:
Consejo Consultivo del EPA

¡Sin justicia social, la paz será siempre una utopía!

¿Cuál sería la primera medida justa del presidente Obama?
El nuevo presidente de Estados Unidos, Obama, tiene por delante muchas incógnitas difíciles por resolver en lo más inmediato de su mandato. Incluso, hasta por razón de su color está obligado a establecer políticas que reduzcan en un alto nivel esa mentalidad que cree que sólo los blancos son los más aptos para dirigir el destino de una nación capitalista altamente desarrollada como lo es Estados Unidos. No le resultará fácil a Obama introducir al imperialismo estadounidense por un camino que le vuelva a generar simpatías en muchos gobiernos del mundo y recuperar muchos terrenos perdidos. Mejor dicho: ya el tiempo en que el imperialismo hizo progresar el mundo se derrumbó para siempre. Se trata, ahora, de palear crisis y mantener esa hegemonía global que le caracteriza por el tiempo que le queda al proletariado mundial de letargo o dormidera, reformismo o conformismo social. Ha comenzado el período en que la misma aristocracia obrera da muestra de descomposición, de degeneración y eso conducirá a que el proletariado, además de ser altamente afectado por los embates de la economía imperialista, se deslastre de quienes le han conducido sus luchas económicas enmarcadas dentro de un elevado grado de resignación a los miserables “beneficios” que provienen de dejarse explotar su mano de obra o su fuerza de trabajo. Lo que le dejó como herencia, al presidente Obama el saliente señor Bush y gran organizador de derrotas, no fue un plato en la mesa servido de churrasco, caviar, ensalada, salsa de múltiples sabores y licores exquisitos, sino un conjunto de huesos y copas vacías que necesitan ser rellenados nuevamente de carne o de líquido para continuar viviendo y mandando como reyes.
Nadie, absolutamente nadie, que se oponga al capitalismo imperialista y lo considere como la fuente (por su alto nivel de propiedad sobre los medios de producción y su desenfrenado espíritu guerrerista y de explotación irracional) de los grandes males que padece el mundo, debe cifrar esperanzas de redención, de verdadera justicia social y de respeto absoluto a la soberanía de otras naciones en el gobierno que preside el presidente Obama. Este es y será, por uno o dos mandatos, el representante simbólico de los máximos intereses económicos del imperialismo. A eso sujetará, por una vía o por la otra, su comportamiento como presidente de Estados Unidos. Sin embargo, el mundo está a la expectativa aun cuando ya Obama ha fijado posición sobre algunos gobiernos que precisamente no congenian con la política imperialista estadounidense.
Los problemas o incógnitas más graves que tiene por delante y debe tratar de resolver, en el menor tiempo posible, el presidente Obama, tienen todos que ver –de alguna manera- con la guerra, con la política bélica del imperialismo; es decir, todos de carácter internacional. Tomemos los tres fundamentales: la guerra en Irak, el bloqueo económico a Cuba y los presos políticos o de guerra de Guantánamo (suelo que pertenece a Cuba).
Obama se enfrenta, en el caso del bloqueo a Cuba, a organizaciones de gran poder económico, de mucha importancia en la elección presidencial, donde algunas son expertas en terrorismo de grupo o individual. Cuenta a su favor con que el bloqueo ya lleva casi medio siglo y no ha habido resultados positivos a la política imperialista de hacer derrumbar la Revolución Cubana por efectos de medidas económicas que supusieron hartaría de hambre y necesidades a la población, lo cual haría que se volteara y le diera la espalda al gobierno cubano presidido por el camarada Fidel Castro y, ahora, continuado por el camarada Raúl Castro. Obama no se apresurará en esa materia, aunque ha sido lanzado un alerta muy especial y digno de tomar en consideración si los países de América Latina y el Caribe actuasen como un solo bloque, cosa que no resulta fácil por múltiples factores que acá no vamos a analizar. El presidente Evo Morales solicitó presionar al nuevo gobierno de Estados Unidos de que si no suspende el bloqueo a Cuba se retiren a todos los embajadores de las regiones antes señaladas de sus sedes en Estados Unidos. Inmediatamente se dejaron escuchar algunas voces con palabras sofisticadas pidiéndole cordura y tiempo al tiempo al camarada Evo Morales. Entre ellas: la de Lula, anfitrión de la Cumbre. En eso la integración no está compacta en un solo pensamiento de verdadera solidaridad internacionalista revolucionaria. Falta un importante trecho por recorrer distante del dicho. Los más comprometidos en una integración son Cuba, Venezuela, Bolivia, Ecuador y Nicaragua. En los demás sigue primando el interés del negocio económico nacional y no el socialismo como fórmula universal para acabar con todos los males del capitalismo.
Obama, es de suponer, no debe dar muestra de una debilidad ante la amenaza revolucionaria propuesta por Evo, porque se le vendrían encima todas aquellas fuerzas influyentes que operan en Estados Unidos y le pondrían en peligro la posibilidad de su triunfo para un segundo mandato. Todo quien gane una primera elección presidencial en Estados Unidos en lo primero que piensa, antes de mover un pies hacia delante o hacia los lados o hacia atrás, es en cómo asegurar su reelección, porque de no ser así no entra en la historia política verdadera de Estados Unidos, bien sea en sentido positivo o bien lo sea en el negativo. Lo importante para un político presidencial es cumplir dos mandatos de acuerdo a la Constitución y no los resultados favorables a los sectores más afectados de la economía imperialista estadounidense.
Los presos políticos, es lo más fácil para resolver el nuevo presidente, porque bastaría con trasladarlos a otra región tan segura como Guantánamo; ordenar que se les haga un juicio definitivo y condenarlos a cadena perpetua para después jugar con las condenas como instrumento de chantaje político. No nos olvidemos que la mayoría de los presos son producto de la guerra contra Afganistán y no contra Irak. Obama creerá que el simple hecho de sacarlos de Guantánamo será una victoria política relevante, aunque el resto del mundo no lo crea de esa manera. Nada hace creer que Obama esté dispuesto –quiera Dios uno se equivoque- a poner en libertad a los presos y –especialmente- a devolver Guantánamo al gobierno y pueblo cubanos.
El problema más grave es la guerra en Irak. Este es el talón de Aquiles que se ha vuelto una espada de Damocles para el imperialismo. Bush siempre supo que estaba derrotado por la resistencia del pueblo iraquí, aunque nunca quiso reconocerlo. Irá al Infierno creyendo que su decisión de hacerle la guerra a Irak fue el más prestigioso de sus “triunfos” políticos. Seguramente Satanás le tendrá la respuesta y la historia de la Tierra la sentencia. Jamás entendió que una retirada a tiempo es una victoria para evitar una derrota posterior desastrosa. Nunca leyó nada de la experiencia alemana con Hitler ordenando siempre ofensiva porque consideraba que la defensiva era eternamente una derrota. ¿Y dónde quedó el nazismo hitleriano?: en la fosa de las antigüedades, aunque existe un resurgir del nazismo o fascismo en la Europa actual.
El mundo creerá y, especialmente, el presidente Obama, que retirar las fuerzas invasoras de Irak será una victoria política universal que generará importantes logros para el imperialismo estadounidense. Tal vez, los aplausos y los gritos de felicitación a su decisión le harán olvidar que ese paliativo es incompleto y hasta muy peligroso dejarlo chucuto. El meollo o quid de la cuestión no está simplemente en dar la orden de retirada de las tropas estadounidenses de Irak. Eso se parece mucho a una verdad a medias que resulta siendo una mentira muy peligrosa. La cuestión estriba en también ordenar el retiro de las fuerzas invasoras de Afganistán. De lo contrario el foco de la violencia quedará siempre germinando resistencia, muerte y desolaciones. Sin embargo, Obama tiene la oportunidad inmediata de aplicar su primera y justa decisión política de su primer mandato.
¿Cuál sería esa medida? Sencilla, muy sencillita, pero debe estar dispuesto a lanzarla: proponerle una larga tregua de cesación de la guerra a las fuerzas de resistencia del pueblo iraquí; es decir, de concentrar las fuerzas invasoras en los cuarteles, que no salgan de ese espacio, que se limiten a cuestiones administrativas de sus propias tropas, respetar la tregua en todas y cada una de sus partes acordadas y fijar una fecha exacta para la completa retirada de sus fuerzas. Eso sería sin duda un gran paso de avance en la política imperialista de Obama en búsqueda de solución a los problemas de Irak, que deben ser resueltos por los propios iraquíes y no por fuerzas foráneas. Y en eso hay que ser como santo Tomás: ver para creer.

Israel: el rey Goliat contra varios David
-En homenaje a los niños y niñas de Palestina caídos en el genocidio cometido por el Estado sionista de Israel-
Israel es una nación pequeña pero una gran potencia militar y en ese aspecto es como decir: una nación imperialista, con una economía de elevado desarrollo frente a muchas naciones del Medio Oriente, del mundo árabe o del mundo en general. Es el rey Goliat con armas sofisticadas frente a varios David que sólo cuentan con chinas en sus manos. Lo que hace Israel con la región árabe sólo es comparable –en otros espacios del mundo- con la política invasora que ejecuta el imperialismo estadounidense; y es éste y no otro imperialismo quien alimenta y ordena al sionismo israelita para cometer toda clase de atrocidades contra los árabes.
El sionismo es el nazismo al revés. Si el segundo quiso exterminar a los judíos, el primero quiere exterminar a los árabes. La raza pura sería conformada exclusivamente por los grandes magnates de la economía que dominen el mundo. El problema estriba en que existen pequeños sectores –por ejemplo- de negros y amarillos que son igualmente inmensamente ricos. ¿Qué haría el sionismo con ellos?
Lo que ha hecho y está haciendo el Estado israelita con el pueblo palestino muy poca diferencia tiene con lo que hizo el gobierno de Estados Unidos en Hiroshima y Nagazaki ya Japón vencido completamente a final de la Segunda Guerra Mundial. Genocidio, genocidio atroz, se llama eso y no defensa de ninguna patria ni de ninguna causa de pueblo. Y lo peor, es que continuará cometiendo ese género de atrocidad cada vez que se le ocurra a un alto funcionario del Estado de Israel pensar que algún palestino quiere “destruir” un pedacito de la nación israelita, “matar” a algún israelita, imaginarse que van a lanzar un misil por alguna organización palestina, o, por lo menos, creer que por alguna vía pasen armas para los palestinos. El conflicto palestino-israelita a lo que más se parece es al cuento del “gallo pelón”, es decir, de nunca acabar. El capitalismo no puede subsistir sin esos conflictos que llevan por dentro, de un lado, el afán de dominio territorial y poblacional de unos pocos sobre los muchos y, por el otro, el ansia de emancipación de los muchos contra los pocos. Es en ese contexto donde deben encontrarse las raíces de esa prolongada confrontación entre palestinos y sionistas, que culminará, con el mayor de los éxitos, el día en que se ice la bandera del socialismo en una tierra y en la otra, en un pueblo y en el otro. Lo máximo que puede aspirarse antes es a un tiempo ni de paz ni de guerra, pero con las contradicciones del mundo capitalista tan latentes como el agua que se pone a fuego para que hierva.
Frente a genocidios como el que comete el Estado israelita contra el pueblo palestino no es suficiente protestas de calle ni condenas teóricas en organismos de carácter internacional. Los archivos de la ONU están saturados de condenas contra el terrorismo de Estado israelita y absolutamente nada ha pasado, nada ha frenado la política genocida del sionismo. Más bien, el gobierno de Israel se burla y se ríe de las resoluciones de la ONU, ataca y destruye misiones de la ONU, porque cuenta con el aval de la mayor, más poderosa, peligrosa y belicosa potencia imperialista del planeta: Estados Unidos.
Sin embargo, una potencia militar con una ideología tan genocida como Israel comete sus fechorías impunemente, porque existen realidades en el mundo árabe que le otorgan esa potestad. Toda lucha que se haga en defensa de una patria que no lleve en su entraña la esperanza de construcción de una sociedad socialista, no deja de ser un nacionalismo pernicioso, reducido a la interioridad de unas fronteras que nunca romperán con las cadenas del capitalismo explotador y opresor.
En el mundo árabe existen monarquías que requieren de pueblos súbditos, resignados fieles y buenos esclavos a los intereses económicos de reyes y príncipes (como: Jordania y otros); existen gobiernos bonapartistas que se sustentan en un férreo y despótico aparato burocrático-militar-policial (como Siria, Egipto y otros); existen gobiernos descaradamente serviles a los intereses del imperialismo –especialmente estadounidense- (como Arabia Saudita), en la que permanecen bases militares desde donde se desplazan las tropas invasoras para hacer guerra contra otros pueblos árabes y no árabes. En esas circunstancias es casi imposible (por no decir imposible) que sea frenada la política militarista y genocida del Estado sionista de Israel.
La solución del permanente conflicto bélico entre árabes e israelitas sionistas no estará determinada jamás por los métodos de terrorismo individual o de grupo contra el terrorismo de Estado. Es necesario entender que el meollo esencial es de lucha de clases muy por encima de la característica entre naciones, pueblos o religiones. Es imprescindible que los pueblos del mundo árabe derroquen todos los gobiernos capitalistas y el pueblo israelita haga lo mismo con el gobierno sionista y declaren la instauración de la dictadura del proletariado como inicio del proceso de transición del capitalismo al socialismo. Mientras tanto, valen todas las expresiones internacionales que traten de encontrar fórmulas de coexistencia “pacífica” sin que ningún pueblo, por ello, deje de luchar para hacer su revolución proletaria; y valen todos los gestos de solidaridad que traten de frenar las atrocidades del Estado sionista contra los árabes.
El epa rechaza y condena el genocidio del Estado sionista y se solidariza con la causa del pueblo palestino.
¡¡¡Castigo internacional a los genocidas!!!
¡¡¡No más petróleo árabe para que Estados Unidos e Israel sigan haciendo guerras de exterminio social a los mismos árabes!!!
¡¡¡No más relaciones diplomáticas con gobiernos que utilicen métodos genocidas!!!
¡¡¡Viva el internacionalismo revolucionario como la más avanzada y justa expresión de la solidaridad entre los pueblos por la causa del socialismo!!!


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¿Qué proponemos aunque no pase de ser un simbolismo irrealizable?

1.- Que gobiernos latinoamericanos que hayan condenado la política guerrerista de Bush y del Primer Ministro de Israel, firmen y hagan público una declaración donde se consideren a ambos criminales personas no gratas en todo el territorio de las naciones firmantes.
2.- Programar, por todos los medios de comunicación posibles y llevarlo a instancias internacionales, acciones solicitando se le abra un juicio a Bush y al Primer Ministro de Israel por crímenes de lesa humanidad.

¡¡¡Sin justicia social, la paz será siempre!!!

martes, 9 de septiembre de 2008

CAMARADAS DEL EPA



Año 6/ Edición Especial para estudiar y reflexionar

El Pleno reflexivo del EPA


Un mes de julio de 2002 nacimos a la luz pública producto del breve golpe de Estado que en abril del mismo año intentó traumatizar y frustrar las aspiraciones de nuestro pueblo derrocando al gobierno del presidente Hugo Chávez Frías. La experiencia nos había enseñado que mientras exista el imperialismo dominando al mundo, imponiéndole la forma de vida a los pueblos, el capitalismo siendo el modo de producción predominante en el planeta o mientras no triunfe, de manera definitiva, la revolución proletaria o socialista en todo el orbe, es imprescindible que mientras más se ame la paz con justicia y libertad haya mayor necesidad de prepararse para la guerra, porque, no pocas veces, resultan largos los períodos de tiempo que ni son de paz ni son de guerra, pero sí son de explotación y de opresión de muchos pueblos por pocos Estados y monopolios imperialistas.
No nacimos para hacerle violencia absolutamente a nadie; no nacimos para imponerle criterios absolutamente a nadie; no nacimos para decirle absolutamente a nadie cuál es el camino que debe seguir; no nacimos para sustituir absolutamente a nadie; no nacimos para andar desahuciando a nadie por desaciertos cometidos; no nacimos para trazar política sobre rumores, chismes y especulaciones personales; no nacimos para desplazar el análisis de clase por la simpatía sobre las anécdotas inconexas; no nacimos para andar camuflando las contradicciones y escondiendo nuestros errores; no nacimos para aterrorizar absolutamente a nadie; no nacimos para convertirnos en vanguardia absolutamente de nadie; no nacimos para ponernos a realizar las labores que sólo corresponden a la clase proletaria o a las masas revolucionarias; no nacimos para denigrar, injuriar, humillar ni burlarnos absolutamente de nadie; no nacimos para convertirnos en fiscales y jueces juzgando y condenando absolutamente a nadie; no nacimos para ganarnos prebendas lisonjeando o diosificando absolutamente a nadie; no nacimos para pretender ser un faro de luz inextinguible absolutamente de nadie; no nacimos para entronizarnos en ninguna política que nos transforme en lobo absolutamente de nadie. No, nacimos -simplemente- para ponernos a disposición de la voluntad de un pueblo que merece la redención social; para prepararnos, educarnos, formarnos, crearnos conciencia que la mejor causa de todos los sueños es la emancipación del género humano. Por eso hemos abrazado el marxismo como ideología y por eso, decidimos solidarizarnos con el proceso bolivariano que lidera el presidente Hugo Chávez Frías que ha dicho, incluso en varias oportunidades, no ser marxista.
No somos violentos, no somos terroristas, no somos místicos ni eclécticos, no somos voceros ni de la muerte ni de la tristeza, no somos abanderados ni del egoísmo ni del desprecio, no somos cínicos ni sofistas de métodos artificiales, no somos miembros de ningún club de sociólogos ni de ninguna red de pragmáticos, no le rendimos culto al diletantismo ni al oportunismo, no andamos detrás del silogismo para buscarle sucedáneo a la dialéctica, no medimos con el mismo rasero las formas de gobierno del capital pero no nos agrada ninguna, no nos gustan los misioneros con bayonetas, creemos en la política que tiene carácter de clase, tenemos optimismo en la desintegración del capitalismo y en el triunfo del socialismo, creemos en los poderes creadores del pueblo, creemos que una revolución es –en dos palabras- solidaridad revolucionaria.
Bajo esos criterios o conceptos realizamos un pleno reflexivo durante los días 25 y 26 de julio del presente año (2008). Lo hicimos en un ranchito al pie de una montaña donde el frío intenso no perdona a un cuerpo desabrigado, y las noches no conocen los favores de la electricidad y siguen aferradas a las velas o el fuego de leña que deben las manos del hombre protegerlas de los vientos que intentan apagarlos. Necesitábamos de la mayor tranquilidad en espacio para que fuese provechosa la reflexión en el tiempo. Julio es primavera de lluvia. En el pleno contamos con la representación de una organización hermana que con otras palabras tiene el mismo pensamiento que nosotros.
No somos especialistas ni doctos en ninguna materia del conocimiento; no somos expertos en análisis científicos ni catedráticos de ninguna tendencia del pensamiento social. Queríamos e hicimos los esfuerzos para que nuestro periódico “Redención” estuviese publicado para el pleno, pero lamentablemente la falta de recursos económicos sigue siendo como un duende de tradición que camina junto a nuestras necesidades.
Todos los asistentes, uno por uno incluyendo a una campesina que colaboró para el cocimiento de la alimentación, dieron su versión sobre la situación internacional, sobre las realidades del país, sobre el proceso bolivariano, y sobre las nuestras propias. No hubo ninguna contradicción o disidencia importante –entre nosotros internamente ni en relación con la visión delegación de la organización hermana- que pudiéramos destacar y reconocerla públicamente. Incluso, hasta lo podemos decir, tampoco existen en relación con los conceptos que hemos leído de otras organizaciones revolucionarias que no invitamos por la simple razón de que no estamos en capacidad de garantizarles ciertas comodidades de estadía para su participación. Y eso último es tan cierto que algunos camaradas de la organización tampoco pudieron asistir por carencia de recursos para adquirir pasajes y algunos elementos –especialmente de abrigo- para soportar los rigores climáticos, geográficos y geológicos de la zona seleccionada para la realización del pleno.
Se decidió la elaboración de algunos documentos –sobre los diversos aspectos analizados- no sólo para estudio y conocimiento de todos los militantes y todas las militantes de la organización que no son muchos, sino también para hacerlos llegar a otras organizaciones políticas –fundamentalmente del campo marxista- buscando que contribuyan a la elevación de nuestros conocimientos o de nuestra formación de conciencia revolucionaria. De igual manera, se consideró indispensable hacerlos llegar al gobierno que preside el presidente Chávez, aun cuando nada –absolutamente nada- de nuestras opiniones sea tomado en consideración. Y si tuviésemos en condición de imprimirlos para distribuirlos lo más ampliamente posible de forma pública, lo haríamos y nada –absolutamente nada- temeríamos que hasta los enemigos del socialismo, los adversarios de la revolución (los peores y los menos radicales) los leyeran sin preocuparnos a que nos juzguen como lo creyesen conveniente.
En este mundo actual amenazado por una conflagración que no será, de manera definitiva, entre naciones imperialistas particulares, sino entre continentes, donde la vida política de todas las regiones del mundo, está turbada por el inminente peligro de una serie sucesiva de guerras imperialistas por un nuevo reparto y dominio del planeta, donde todos los órdenes de la vida económico-social de nuestros pueblos serán privatizados de triunfar completa la globalización capitalista salvaje, no existe un arma más poderosa y efectiva de combatirlo que la verdad revolucionaria. Y donde, además, para derrotar al imperialismo es necesario o imprescindible hacer valer el sagrado deber, si queremos la salvación del género humano, de globalizar la acción y el pensamiento revolucionarios, de abrazar los pueblos la teoría de la revolución permanente.
Y si algo no debemos dejar de anunciar es que, como resultado reflexivo, se decidió nombrar un nuevo Consejo Consultivo integrado por cinco jóvenes (sin importar el sexo) y otro Consejo Consultivo Ampliado donde formarán parte cinco camaradas más, seleccionados por organismos de las regiones donde realmente existimos. Esos dos Consejos Consultivos tendrán la responsabilidad y el deber de responder a la militancia por la política de la organización bajo los preceptos establecidos en base al pensamiento político que profesamos sobre las realidades objetivas y no sobre deducciones subjetivas o idealizadas de los hechos.
También se decidió que la consigna central de la organización continúe siendo la que hasta ahora nos ha caracterizado: ¡Sin justicia social, la paz seguirá siendo una utopía!

El marxismo vs globalización capitalista y América Latina
La grande arma teórica, científica y revolucionaria con que cuentan el proletariado, en lo particular, y el pueblo, en lo general, para sus luchas clasista y su revolución socialista, es el marxismo. Buscar una doctrina que compita con las ideologías de la globalización capitalista salvaje, execrando al marxismo, es tan igual que ponerse a encontrar una aguja perdida en el desierto en tiempo de tormenta que imposibilita toda probabilidad de visión humana. No estamos descartando ninguna tendencia del pensamiento social antiimperialista, lo cual valoramos y tomamos en consideración, pero ninguna alcanza la dimensión histórica y exacta del marxismo para avizorar futuro basándose no sólo en los aportes del pasado en el presente, sino, también, en las previsiones de acontecimientos que determinan la marcha de la historia.
El materialismo dialéctico, por ejemplo, nada tiene de ficción ni de misticismo. Es, al decir de Trotsky, una ciencia del pensamiento, en tanto que intenta llegar a la comprensión de los problemas más complicados y profundos, superando las limitaciones de los asuntos de la vida diaria. Nadie debería desconocer que Carlos Marx es quien descubrió los fundamentos para la clasificación científica de las sociedades humanas en el desarrollo de sus fuerzas productivas, y de la estructura de sus relaciones de propiedad, que constituyen la anatomía de la sociedad. Para un marxista, una política correcta es aquella que concentre hondo y ampliamente la economía; es decir, manifieste las corrientes progresivas de su desenvolvimiento y desarrollo. De allí que una política es realmente revolucionaria en la medida que fundamente sus análisis en las formas de propiedad de los medios de producción y de las relaciones de clase en la sociedad.
El marxismo y la globalización capitalista
El marxismo no sólo desmenuzó y puso al descubierto todas las contradicciones esenciales del capitalismo, sino que también avizoró sus fases progresivas, su carácter revolucionario frente al feudalismo y su perversión reaccionaria contra el futuro, la inevitabilidad de sus cambios, su derrumbe y la alborada de una nueva formación económico-social: el socialismo como fase inferior del comunismo.


La globalización capitalista salvaje ha colocado en juego y en inminente peligro el destino del mundo entero. Para plagar de más miseria y dolor a la inmensa mayoría de la población y concentrar la riqueza y el privilegio en la menor minoría de supermonopolios y familias, requiere de hacer las guerras más sofisticadas que produzcan los mayores exterminios sociales y ambientales. Esto no se trata de la consecuencia de la voluntad de un mandatario o de un acuerdo entre dos o tres potentados de la política imperialista. El origen de esas guerras se encuentra en las contradicciones antagónicas del mundo capitalista imperialista, en el carácter de la propiedad privada de los medios de producción junto con el Estado burgués que se fundamenta en ella. Y la única manera de acabar con esas guerras está en las luchas definitivas de los pueblos por su emancipación de toda explotación y opresión sociales, donde el proletariado es el más llamado a jugar el rol del protagonismo revolucionario.
Vivimos un mundo en que las fuerzas primordiales de la sociedad se encuentran en poder de los supermonopolios imperialistas y el Estado nacional no es más que un instrumento dócil de ellos; la pugna por los mercados, por las fuentes de materia prima, por la dominación y reparto del planeta, indican conflagraciones cada vez más destructivas. En esas condiciones, existiendo la técnica y la capacidad de la clase obrera, es posible despojar del poder de Estado y de la economía a esos supermonopolios y gobiernos imperialistas para poder construir un mundo nuevo posible de desarrollo material y espiritual al servicio de toda la humanidad.
La nueva “era de paz y el fin de las ideologías” que nos promete la globalización capitalista imperialista salvaje ha comenzado a materializarse en la fase histórica más terrible de su dominación, en las guerras imperialistas contra el mundo. Afganistán e Irak son, tal vez, la prueba menos dolorosa ante lo que nos avizora en su alocada carrera de perversión y atrocidad contra la humanidad por lograr la completa dominación de todo el planeta y lo que pueda de la galaxia de nuestro sol.
Ya se acabaron los tiempos de concesiones y acuerdos para evitar los desenlaces convulsivos de las crisis del capitalismo imperialista. El reparto del planeta por las poquísimas grandes potencias de la globalización capitalista es un hecho inevitable, pero al mismo tiempo lo es las luchas decisivas de los pueblos por su emancipación social. No existe otra salida. El neutralismo es política del reformismo oportunista que deja gobernar para que lo dejen vivir de sus tropelías en nombre de la democracia y la justicia.
El peor enemigo, para los pueblos que anhelan emanciparse de la globalización capitalista, es el imperialismo estadounidense. Hace más de 65 años Trotsky, basándose en el análisis marxista de la situación internacional y de las contradicciones del mundo capitalista, vaticinó lo que hoy estamos padeciendo como grandes tragedias sociales. Dijo, en esa oportunidad, que “El capitalismo USA tiene los mismos problemas que empujaron a Alemania a la guerra en 1914. ¿Qué el mundo está ya repartido? Hay que proceder a un nuevo reparto. Para Alemania se trataba de “organizar a Europa”. Los Estados Unidos tienen que “organizar” el mundo. La historia enfrenta a la Humanidad con la erupción volcánica del capitalismo americano” Preguntemos a cualquier persona que haga uso de su sentido común de manera normal: ¿Acaso no es eso lo que está tratando de hacer y lograr el imperialismo estadounidense en el comienzo del siglo XXI?
Ya no es necesario demostrar que el gobierno estadounidense arrastrará a Estados Unidos a la guerra imperialista por organizar el mundo bajo su exclusiva dominación. Sólo con la lucha de clase de los obreros sin fronteras, atrayéndose a los sectores populares nacionales para su causa, y una denuncia implacable contra el pacifismo pequeñoburgués, se puede derrotar al imperio para hacer realidad el nuevo mundo posible, ese que nos ofrece el socialismo como la alternativa inmediata para acabar con las crisis, la miseria, el dolor y la perversión que son propios del régimen capitalista. En otros términos, sólo la revolución proletaria puede crear las condiciones propicias para conducir el mundo hacia su completa emancipación social de toda explotación y opresión sociales.
En definitiva, contra la globalización capitalista imperialista salvaje, ha llegado la hora en que no debemos defender ninguna patria burguesa, sino los intereses de los trabajadores y los oprimidos de nuestro país y del mundo entero. Lo demás es sólo cuento de camino que no hace camino en la lucha política por ninguna revolución social. No olvidemos nunca que en la política imperialista por el reparto del mundo y su dominación, la defensa de las grandes patrias implica la destrucción de muchas patrias pequeñas o medianas para dejar pueblos en el ostracismo sometidos a niveles insoportables de miseria y dolor en exclusivo provecho de las primeras.
La globalización capitalista y América Latina
El imperialismo, por su propia naturaleza, dice Trotsky, huye de la división del poder. Para el imperialismo estadounidense dejarse las manos libres sobre América Latina requiere no sólo ajustar cuentas con la Unión Europea, Japón, China, Rusia, sino también permitirle a éstas algunas concesiones monopólicas que no sobrepasen las ventajas monopólicas de Estados Unidos, lo cual le garantiza a éste –igualmente- una inversión de grandes capitales en el resto del mundo. Por ello, una tercera guerra mundial no será entre Estados nacionales ni por imperialismos de siglo pasado, sino de continentes enteros.
El crecimiento militar sofisticado en Estados Unidos planteó hace décadas la solución violenta a las contradicciones no sólo del mundo entero en lo general, sino también, en lo particular, para el destino de la América Latina. Esta ha sido una gran vena abierta para el desangramiento de su economía, de sus probabilidades de desarrollo bajo el dominio, esencialmente, del imperialismo estadounidense. Esa ha sido nuestra historia del siglo XX y comienzo del XXI, donde además se han destacado gloriosas luchas revolucionarias contra esa salvaje dominación capitalista. Pocas triunfantes y muchas derrotadas significan que a nuestros pueblos no les gusta la presencia de misioneros con bayonetas. La lucha por la emancipación está planteada con una suma de probabilidades para la victoria definitiva contra el imperio capitalista.
De tanta explotación y miseria padecidas, de tanta opresión y muerte vividas, de tanta falta de vida y alegría ausentes, de tanto desprecio y egoísmo establecidos, de tanta ternura y solidaridad faltantes, los pueblos de América Latina han entrado, en este comienzo de siglo XXI -luego del triunfo electoral de Hugo Chávez Frías en Venezuela- a un nuevo despertar de conciencia que ha permitido la llegada a gobiernos de líderes que se mueven entre el centro y la izquierda arrebatándole espacio a la derecha política. Es un paso importante hacia una política que debe ir radicalizándose en la medida en que más participen los pueblos en la toma de decisiones de sus gobiernos.



Hace más de 65 años Trotsky nos avizoró lo que está planteado actualmente con una exactitud asombrosa. Dijo, en esa oportunidad, que “América del Sur y Central sólo podrán salir de su retraso y sometimiento si unen todos sus Estados en una federación poderosa…” Y agregó: “…Pero no será la retrasada burguesía sudamericana, esa sucursal del imperialismo extranjero, la llamada a resolver esta tarea, sino el joven proletariado de Sudamérica quien dirigirá a las masas oprimidas…” Igual nos elaboró la consigna en la lucha contra la violencia y las intrigas del imperialismo mundial y contra la sangrienta tarea de las cliques compradoras nativas “Estados Unidos Soviéticos de América Central y del Sur” Nadie se alarme por el término soviético actualmente, porque Trotsky se refería, en aquel momento, al carácter socialista de la unidad y del objetivo, que ahora cobra –podría ser otro término adaptado a nuestras realidades y necesidades- una vigencia inobjetable.
La solidaridad entre los pueblos, en general, y entre los obreros, en lo particular, es decisiva para romper todos los lazos de dominación imperialista y enrumbarnos por el sendero de la revolución que nos liberará de toda explotación y opresión sociales. Estamos en el tiempo en que el carácter permanente de la revolución es la consigna central de todas las luchas revolucionarias, pero ello no significa que los países atrasados, los proletarios, los revolucionarios deban esperar la señal de avance de los más avanzados. Nuestros pueblos, nuestros obreros, nuestros revolucionarios deben emprender el desarrollo de la lucha revolucionaria en todas las naciones, subdesarrolladas y desarrolladas, en que aparezcan condiciones favorables para tomar el poder e iniciar la transición del capitalismo al socialismo. Es imprescindible aprovechar las circunstancias nuevas que son realidad en la América Latina para tratar de avanzar en la lucha por la integración de nuestros pueblos, nuestros obreros y nuestros revolucionarios como paso fundamental en el combate contra la globalización capitalista imperialista salvaje y por el socialismo Nunca olvidemos que toda desilusión que se apodere de la conciencia de nuestro pueblo es una gran pérdida para el avance de la lucha revolucionaria, aunque luego se enriquezca con las lecciones de las derrotas. Es la hora de más inventar para menos errar.
¡Avancemos en la integración de los pueblos de América Latina apoyando la iniciativa de los gobiernos que la propongan!
¡Avancemos en la unidad de los revolucionarios por el socialismo!
¡Hagamos un principio revolucionario inviolable de que si el imperialismo invade cualquier país de América Latina, respondamos como si fuese contra todas las naciones latinoamericanas!
Estados Unidos y el Terrorismo
Muy pocos ideólogos o estudiosos de la guerra han emitido conceptos, juicios o razonamientos profundos sobre la verdadera esencia del terrorismo como expresión de la lucha de clases. Muchos se han limitado a aplicarlo o condenarlo sin legarnos ningún patrimonio de conocimientos que nos permita el esclarecimiento de esa forma de lucha política y, además, determinar con acierto los instrumentos que generen una solución a los fundamentos que le sirven para expresarse en la práctica y en la teoría.
El Estado estadounidense tiene su visión pragmática sobre el terrorismo. Se guía por una ley que determina que todo movimiento o agrupación política que atente contra las personas o intereses de Estados Unidos o de sus epígonos, en cualquier parte del mundo, es terrorismo. Sin embargo, las acciones bélicas de Estados Unidos o de sus epígonos, en cualquier parte del mundo -aun cuando produzcan horrendos crímenes de inocentes- no tienen, para el Estado gringo, rasgos o visos de terrorismo. Es la propia ley del embudo: lo ancho para el victimario y lo angosto para las víctimas.


El terrorismo, como cualquier expresión de guerra o de insurrección, es una manifestación de la política por la violencia. Esta ha sido, desde tiempo inmemorial, causa de estudio para muchos historiadores, sociólogos, politólogos y otras especialidades de la ciencia social. Marx la llamó la partera de la sociedad, porque en determinado proceso de la evolución histórica, el salto la justifica. Así triunfó el capitalismo sobre el feudalismo y su acontecimiento más importante se conoce como la Revolución Francesa de 1789. Si la burguesía y la pequeña burguesía se hubieran abrazado al puro pacifismo y la filantropía, todavía permaneciera la humanidad bajo el régimen de los señores feudales con sus títulos de zar, rey y otros que caracterizan a los hombres-dioses que han predominado en el mundo. Esto no es idea para alimentar el espíritu de la violencia, sino la verdad como fuente creadora de la historia.
El terrorismo es un tema que se mantiene en el tapete de la opinión mundial. Presidentes, ministros, congresistas, políticos, juristas, intelectuales, profesionales, historiadores, artistas, eclesiásticos, militares, “independientes” y hasta gente del pueblo (aun con su pesada carga de ignorancia), opinan sobre terrorismo sin que se motiven a escudriñar la esencia que lo hace real, como tampoco ventilan ante la luz pública lo que significa o representa como forma de lucha política para la sociedad.
Los ideólogos que condenan toda forma de lucha política contra el malvado poder del capitalismo salvaje, lo que hacen es legar consignas tratando de que ningún pueblo se arme de teoría revolucionaria. Así han lanzado su síntesis sobre el terrorismo: es un crimen contra la sociedad, un acto de salvajismo o crueldad, una acción de locos, un método de desadaptados sociales y, por consiguiente, hay que luchar para destruir al terrorismo. Así se construyen verdades a medias. Las esencias que originan la violencia quedan sólo para la conciencia de quienes mantienen el predominio en la vida económicosocial fomentando miseria y opresión.
¿Qué es o significa el terrorismo?
Es cierto que cuando se carece de una fuerza importante para acciones de clase inmediatas, los revolucionarios se impacientan y se sienten inclinados a recurrir a métodos artificiales de la lucha política. Este es el caso del terrorismo. El Estado capitalista también lo aplica cuando se impacienta o siente en peligro su estabilidad.
Tal vez el más profundo estudioso del terrorismo, en la historia de la humanidad, haya sido León Trotsky. Este nos dice: “El terrorismo exige una tal concentración de energía en un instante capital, una tal sobreestimación de la importancia del heroísmo individual, en fin, una conspiración tan hermética... que excluye por completo la agitación y el trabajo de organización en el seno de las masas”. Esto tiene validez tanto para la derecha, el centro y la izquierda.
Nos dice Trotsky, que lo propio del terrorismo es destruir la organización que por medio de los laboratorios intenta suplir la insuficiencia de su fuerza política. En ciertas condiciones históricas, el terrorismo puede desorientar al poder. Pero en tales casos, ¿quién saca partido de la situación? Jamás la organización terrorista, ni las masas, detrás de las cuales ocurre el luto.
Lo que más comúnmente se conoce como terrorismo son los secuestros y atentados violentos y destructivos contra instituciones y personas. Trotsky, al analizar ese fenómeno, nos educa con los siguientes conocimientos: “El atentado, aún el que tiene éxito ¿acarrea la desorientación en los círculos dirigentes? Eso depende de las circunstancias políticas concretas. En todo caso, se trataría de una perturbación de corto tiempo. El Estado capitalista no reposa sobre ministros y no puede ser destruido destruyendo a sus ministros. Encontrará enseguida otros servidores, el mecanismo continúa intacto y sigue funcionando. Pero la perturbación que los atentados terroristas acarrean a la clase obrera es de una gravedad mucho más profunda. Si basta armarse de un revólver para alcanzar los objetivos, ¿para qué sirven, entonces, los esfuerzos de la lucha de clases? Si basta un poco de pólvora y de plomo para atravesar la cabeza del enemigo, para qué sirve la organización clasista. Si los grandes dignatarios pueden ser intimidados por el ruido de una explosión, para qué sirve el partido, para qué las reuniones, para qué las elecciones, si se puede tan fácilmente tomar por blanco, desde las tribunas del parlamento, el sillón de los ministros. El terrorismo individual es precisamente inadmisible a nuestros ojos, porque rebaja las masas ante sí mismas, las reconcilia con su impotencia y orienta sus perspectivas y sus esperanzas hacia el gran vengador, el liberador que vendrá un día y cumplirá su obra”.
Pero también es inadmisible, a los ojos del mundo humano, el terrorismo de Estado capitalista. Ese que se aplica bombardeando indiscriminadamente, matando niños y personas inocentes, para tratar de producir la caída o derrumbe de algún gobernante que no es bien visto por el poder de los imperialistas. También es inadmisible, a nuestros ojos, ese terrorismo que ejecutan organismos de seguridad de Estado para secuestrar y desaparecer hombres y mujeres que luchan contra el régimen de despotismo social que impone el capitalismo imperialista. Desde hace mucho tiempo los estados más avanzados del capitalismo y sus súbditos en naciones subdesarrolladas y dependientes, vienen aplicando el terrorismo de Estado bajo figuras o leyes de impunidad y violando el derecho a la autodeterminación de otros pueblos.
El fenómeno del terrorismo es igualmente vinculado a la ética de la sociedad. Nos olvidamos con frecuencia que la clase predominante impone, al resto de la sociedad, sus fines y costumbres. Es allí donde nos venden e instituyen la idea que la moral oficial (burguesa) es rigurosamente el establecimiento de las mejores conductas para el sostenimiento del régimen de explotación y opresión del capitalismo y, por consiguiente, son inmorales los métodos que contradicen sus fines.
La lucha de clases es o debe ser siempre por el poder, porque de lo contrario no valdría la pena ningún sacrificio ni esfuerzo político ni ideológico ni organizativo. La burguesía está en su derecho y en su deber de defender su régimen y sus privilegios. Para ello no se detiene en ninguna norma moral. Si el proletariado es quien tiene el poder, igualmente está es su derecho y en su deber defenderlo y no sujetarse, ni por estoicismo ni humanismo, a las estrictas normas morales que impone por necesidad colectiva a la sociedad. En ese sentido, ni la burguesía ni el proletariado, pueden renunciar por principio al terrorismo con respecto a la utilización de medidas de intimidación y represión contra sus adversarios que pretenden arrancarle el poder, porque lo contrario mejor sería renunciar para siempre a la dominación política. Pero óigase bien: no debe ser nunca igual o semejante un terrorismo de presión de un Estado proletario contra enemigos que conspiran abierta y violentamente para derrocar la revolución a uno que ejecuta el Estado imperialista, el cual no tiene reparo en producir destrucciones y genocidios sin consideración de ninguna naturaleza.
¿Qué es realmente terrorismo?:
¿Bombardeos indiscriminados en tierra ajena matando y destruyendo por objetivo de colonialismo o la defensa de un pueblo por su derecho a la autodeterminación?
¿La intervención armada de los imperialistas en otras naciones imponiendo democracias sumisas al gran capital o el sacrificio de un pueblo por la conquista de su soberanía y dignidad?
¿La ayuda de los imperialistas en armas, hombres y dinero a movimientos contrarrevolucionarios para derrocar a gobiernos que sirven con lealtad a sus pueblos o la solidaridad entre pueblos para defenderse del expansionismo y el colonialismo de la globalización y el neoliberalismo?
¿La crucifixión de Jesucristo, luego de cargar la pesada cruz, por la emancipación de los pobres o el llamado del padre Camilo Torres Restrepo a que los cristianos cumplan con el deber de hacer la revolución para su redención social?
¿Los evangélicos predicando que el esclavo es semejante a su amo y que serán iguales en el tribunal celeste o Jesucristo diciendo que primero entra un kamello –mecate grueso- por el ojo de una aguja que un rico al reino de los cielos?
¿Obligar, bajo amenazas, a una nación a pagar la impagable deuda externa o predicar la integración de los países endeudados para realizar una negociación de pago que no genere más miseria para sus pueblos?
¿Las leyes que amparan con impunidad a los especuladores y usureros o una muchedumbre que protesta ser la víctima de un Estado que le pisotea sus derechos?
¿Cómo combatir con éxito al terrorismo?
Lenin decía: “Para conocer una cosa hace falta también conocer sus relaciones con otras cosas”. Eso nos indica que el terrorismo no es un fenómeno aislado del resto de fenómenos de la sociedad ni de la lucha de clases. Si no se acaban las excesivas desigualdades e injusticias sociales, si no se respeta el derecho a la autodeterminación de los pueblos, si no se le pone fin a la política expansionista y de saqueo que ejecuta la globalización y el neoliberalismo capitalistas contra el mundo, no podrá hablarse seriamente sobre la desaparición del terrorismo o de la violencia social.
Vivimos un mundo donde la lucha entre las clases y las naciones se encuentra exacerbada. Es allí donde la mentira se hace turbulenta, tensa y explosiva disponiendo de poderosos medios de la comunicación. La voracidad de los imperios, ciertamente y muy lamentable, genera impaciencia y desesperación en ciertas capas de la población. ¡He allí un alimento permanente para la utilización de métodos artificiales en la lucha política!
En verdad ninguna revolución ha triunfado atraída por el método del terrorismo como ningún imperio hace vida eterna amparándose en su terrorismo de Estado. Lo que no es justo es condenar el terrorismo de uno y aplaudir el de otro. Deteniéndose en el exclusivo círculo de la moral, ningún pueblo hace su revolución. Así lo enseñó la burguesía para hacer la suya en contra del feudalismo.
Todos los movimientos revolucionarios del mundo, menos el Ejército Zapatista de Liberación Nacional de Chiapas, se encuentran en la lista del Estado estadounidense como terroristas. Las organizaciones paramilitares que hacen contrarrevolución, en varias partes del mundo, son o han sido subsidiadas por el Estado gringo. Allí no hay moral que valga para detenerse en la ética política. Cierto que, sólo en un determinado momento muy crítico, se ve obligado a catalogar como terrorista a un grupo que le ha defendido sus intereses económicos mediante genocidios, masacres, amenazas, chantajes, tal como lo hizo con la organización paramilitar conocida como Autodefensas Unidas de Colombia, pero dejó muy claro que no tenía ninguna queja o acusación sobre atentados a personas y bienes estadounidenses de parte de las AUC en Colombia. ¿Cómo, si precisamente servían de gendarmes para cuidárselos o protegérselos contra los intereses del pueblo colombiano? Esto es lo más importante para el Gobierno de Estados Unidos y nada importa que miles de colombianos sean víctimas de la guerra sucia. La economía, para los imperios, es el ciclo donde la riqueza deje la mayor parte para los pocos y la menor para los muchos que deben conformarse con la miseria.
Sólo un mundo hecho todo de justicia, de libertad y de dignidad podrá sentar, por siempre, los fundamentos para que desaparezcan todas las expresiones violentas de la lucha de clases. En Estados Unidos, todo terrorista opositor capturado asegura su pena de muerte y eso es justicia para los imperialistas. Si en Cuba o en cualquier otra parte del mundo se hace lo mismo, para el Gobierno estadounidense, es violación al derecho a la vida. ¡He allí la doble moral con que el poderoso rey imperialista juzga a las demás naciones o gobiernos del mundo!
Existe la necesidad, actualmente, de preguntarse: ¿es posible combatir exitosamente, por medios legales y pacíficos, una invasión imperialista que utiliza todos los medios posibles del terrorismo de Estado para masacrar y someter a la esclavitud a otros pueblos? Cada quien que se de su propia respuesta. Nosotros, simplemente, creemos que no, pero no somos un movimiento terrorista. Es todo.

¿En Estados Unidos sería posible un gobierno fascista o nazista?


Con mucha frecuencia, casi a diario, analistas políticos de izquierda, anarquistas e, incluso, marxistas, acusan al gobierno de turno en Estados Unidos de fascista o nazista. ¿Tienen o no razón para tal caracterización? Diríamos de entrada que el terrorismo de Estado, el elevado espíritu de criminalidad que materializa el imperialismo estadounidense por la Tierra, son rasgos de fascismo; esa ansia desmedida y diabólica de dominar y someter el mundo a sus pies es, sin duda, un vestigio de nazismo. Eso también ha caracterizado a todos los imperios existentes en diferentes tiempos o épocas. Hemos colocado los términos fascista y nazista para, con permiso de la lingüística ya que tienen algunos rasgos de diferencia que no tomaremos en consideración, ilustrar el contenido de la respuesta a la interrogante que hace el papel de título del artículo, pero sépase que el nazismo tiene como lema la salvación (heil), sanación (heilung) y terapia (exterminar una gran parte de la humanidad para salvar a la raza pura de cualquier género de sufrimiento o de esclavitud, mientras que el fascismo tiene como lema torturar y matar a muchos para aterrizar a la mayoría prometiéndole un buen fin a la clase burguesa. Por eso la Alemania de Hitler fue mucho más cruel, sangrienta y agresiva que la Italia de Mussolini.
No es descabellado, no es anticientífico, el empleo de algunos términos semejantes o sinónimos para identificar un estado de cosas específicas, como por ejemplo: fascismo y nazismo para mencionar un régimen completamente igual en todas sus características. Hasta cierto nivel de la escala histórica eso no resulta una posibilidad de gravedad, pero pasada esa frontera se puede convertir en un laberinto de desaciertos y de engaños no para la historia sino para las masas. Heráclito dijo, mucho antes que Marx aportara la concepción materialista de la historia y pusiera a la dialéctica a caminar con la cabeza hacia arriba, que nadie se bañaba dos veces en las mismas aguas, porque todo cambia, todo fluye. De la misma manera, y especialmente para un Estado imperialista, nunca podría decir de esta agua no beberé, refiriéndonos al fascismo o al nazismo.
En política, fundamentalmente en este tiempo que se ha denominado como de globalización capitalista salvaje, no es difícil pensar en que llegará, más temprano que tarde, un período de extrema desesperación de las masas o sectores medios de la sociedad y eso, arrastrará también al abismo a los obreros. Y esa desesperación se dará cuando todas las vías o fórmulas de salvación de los estamentos pequeño-burgueses se encuentren cerradas bajo los candados del capital financiero. Es allí donde está la fuente del fascismo. La globalización capitalista tiene en sus haberes el de arruinar ala mayor cantidad posible de los sectores medios, incrementar al máximo la miseria para la mayoría del planeta, aumentar a porcentaje inimaginable el desempleo dejando a la intemperie ala mayoría del proletariado, y enriquecer lo máximo posible al menor número de capitalistas financieros. Eso evidencia que la venidera guerra no sólo será mundial pero no entre naciones sino entre continentes y saldrá –inevitablemente- a flote nuevamente el régimen nazista de gobierno en el desespero traumático de los imperialistas al tener `por seguro la caída de su régimen de producción.
Todo el mundo está bajo las garras del imperialismo capitalista. El fascismo es un arma del capital financiero; de ese capital ambicioso, hambriento y agresivo, expansionista y tiene su contenido económico y social. No hay manera de combatir al fascismo sin antes combatir al imperialismo. Esto es el punto de arrancada. El imperialismo, de otra parte, tolera la democracia como un mal necesario hasta cierta escala histórica. No más. Si cambian las aguas, el imperio echa a mano fórmulas –no importa el nivel de crueldades- para que el cauce a su favor no se desvíe.
El fascismo se puede decir es un sistema ideológico y político profundamente antidemocrático, antiliberal, antisocialista y fundamentalmente militarista, que se sustenta en el nacionalismo extremo, es jerárquico-autoritario de extrema derecha. El nazismo no se detiene allí, sino que reivindica el orgullo nacional y culpan de sus desgracias a todos los que profesen un sentimiento de afecto a la emancipación de la humanidad entera y, especialmente, su odio es repugnante contra la clase obrera. Tenemos pues, que el fascismo es el resultado de graves crisis sociales del capitalismo en que se ve sumamente afectada la reproducción del capital, la acumulación “natural” del capital y, por lo tanto, se manifiesta la necesidad de una fuerza y una violencia capaces de crear condiciones en provecho de los grandes monopolios del capital financiero. El fascismo es la manifestación de poder político del capital financiero como una destilación químicamente pura de la descomposición cultural del modo de producción burgués. Trotsky dice con gran acierto, que: “La fuerza del capital financiero no reside en su capacidad de establecer cualquier clase de gobierno en cualquier momento de acuerdo a sus deseos; no posee esta facultad. Su fuerza reside en que todo gobierno no proletario se ve obligado a servir al capital financiero; o mejor dicho, en que el capital financiero cuenta con la posibilidad de sustituir, a cada sistema de gobierno que decae, por otro que se adecue mejor a las cambiantes condiciones. Sin embargo, el paso de un sistema a otro implica una crisis política que, con el concurso de la actividad del proletariado revolucionario, se puede transformar en un peligro social para la burguesía…”
El fascismo es una forma de Estado burgués que se expresa como una dictadura autocrática abierta, fuerte, violenta, cuya misión no es sólo garantizar el enriquecimiento y el privilegio extremos al capital financiero, sino también garantizarle las condiciones de un orden de ‘paz’ y de esclavitud de la clase trabajadora sin que ésta cuente con mecanismos de autodefensa. Es un régimen político agresivo y represivo del capital financiero para dominar todos los órdenes de la economía capitalista y de la vida social. Es una expresión política de salvajismo y barbarie del capital imperialista buscando salida económica a sus crisis de reproducción de capital monopolista, satisfacer su ansia de dominio y ensanchamiento de mercado, su necesidad agobiante de materias primas y de fuentes energéticas, y la imperiosa exigencia de un orden de desarme completo de la clase obrera, sectores sociales y organizaciones políticas que pongan en peligro la estabilidad de los supremos intereses económicos del capitalismo imperialista. El fascismo, como lo decía Trotsky, es la personificación de todas las fuerzas destructivas del capitalismo, es decir, la expresión más acabada de la voluntad imperialista de poder.
El fascismo, téngase como una creencia de fe, no es posible que llegue a ser una forma de gobierno político en una nación subdesarrollada, donde lo máximo sería de orden bonapartista como fueron los de Pinochet y Fujimori por citar dos casos. Es propio de países capitalistas desarrollados, imperialistas, y no todos los países imperialistas han recurrido al fascismo como régimen integral. Han sido Italia (fascismo), Alemania (nazismo) y España (falangismo con el apoyo de Italia y Alemania) los tres países que han tenido ese rostro completo, aunque en Francia, Inglaterra y el propio Estados Unidos hayan habido o sigan existiendo algunos rasgos de fascismo, porque lo que han hecho los gobiernos de Estados Unidos e Inglaterra con los presos en Guantánamo, el sistema de tortura a que los han sometido es, donde quiera que se pare, elemento de fascismo. Sin embargo, tratándose de Estados Unidos, sería extremadamente difícil que se establezca un gobierno fascista o nazista o falangista, porque sería la última jugada política del imperialismo capitalista más poderoso, bárbaro, cruel e ignominioso que haya conocido el género humano; sería su último paso para caer abatido por una convulsión social mundial; sería derogar todos los logros obtenidos por la clase obrera en el campo de la economía capitalista y lanzados a la miseria crítica alborotaría su sentimiento combativo y de solidaridad que lleva en su entraña para producir su revolución; sería fomentarla integración de los pueblos en lucha por su redención definitiva; sería dar saltos seguros hacia el abismo para quedar soterrado por siempre en las antigüedades de la historia. Una nación acostumbrada, ya como una larga y beneficiosa tradición, de vivir y disfrutar de comodidades arrancadas a otras naciones, correría un riesgo de muerte el atreverse a recurrir al régimen fascista o nazista para garantizar su subsistencia. Todos los imperios se derrumban y, especialmente, cuando se agota el desarrollo de sus fuerzas productivas o entran en contradicción antagónica con las relaciones de producción y, ahora, además con las fronteras nacionales. Pero, por otro lado, el pueblo estadounidense posee instituciones fuertes, tradiciones prolongadas en tiempo, valores educativos, culturales y hasta éticos que dificultan la instalación de un sistema fascista de gobierno. Ahora, nadie puede adivinar lo que no sea capaz de asumir el imperialismo –como forma de gobierno- si las condiciones históricas y, especialmente, cuando se produzca el avance de la revolución proletaria en todo el mundo ponen en eminente peligro su sistema de democracia burguesa.
En 2002 Fidel fue el único gobernante en el mundo, luego de los sucesos del 11 de septiembre de 2001 que causaron muertes y dolor en la sociedad estadounidense, que habló no sólo con argumentos profundos sobre el terrorismo y el sistema político fascista, sino también que no creía que en Estados Unidos pudiera instalarse un régimen fascista, pero alertó al mundo sobre la melosa exaltación al chovinismo de Bush y las guerras que iba a desencadenar tomando como pretexto la lucha antiterrorista. El presidente estadounidense había dicho que no iba a dejar la seguridad de América y la paz del planeta a merced de un puñado de terroristas y tiranos locos. Allí fue cuando inventó su locura de la lucha del eje del bien (encabezado por Estados Unidos) contra el eje del mal (donde se encuentran casi todas las naciones que claman justicia y libertad y muerte del imperialismo) sosteniendo que Dios estaba de su lado porque no era neutral. ¡He allí la arrogancia de quien cree que es amo y gendarme -al mismo tiempo- del mundo! Fidel también alertó el mundo de las tendencias fascistas o nazistas que se estaban haciendo presentes y desarrollando sus fuerzas en algunas regiones de Europa, pero nunca dijo que el gobierno de Estados Unidos era fascista propiamente dicho.
Sin embargo, un estudioso de la historia y de la política, cubano, director de la biblioteca nacional José Martí, Eliades Acosta Matos, sostuvo en un evento o un documento que el gobierno de Bush era tan fascista como el de Hitler y explicó sus puntos de vista para llegar a tal afirmación. Nadie debe dudar que la mentalidad de Bush sea fascista o nazista, pero ni el fascismo ni el nazismo es un régimen de un hombre sino un sistema político que en Estados Unidos, en verdad, no existe como tal. Creemos, además, que Fidel, aun cuando compartiera argumentos, no estaría de acuerdo con la conclusión de Eliades. Fidel, en cambio, dijo que ese día del 20 de septiembre de 2001, con las palabras del presidente de Estados Unidos, había tenido lugar el Dieciocho Brumario de W. Bush, es decir, el bonapartismo como régimen político en Estados Unidos basado, suponemos que se sustentó para decirlo, en el poderío de la burocracia militar, policial y estatal del gobierno del señor Bush, en el desprecio a las normativas de la ONU, en su terrorismo de Estado, en las mismas opiniones adversas de congresistas estadounidenses y a la oposición de una buena parte del puesto de Estados Unidos que no fueron tomadas en consideración por el mandatario estadounidense para declarar su guerra imperialista. Y, en verdad, la conclusión del camarada Eliades no es cierta, no es correcta, porque –hay que repetirlo- el fascismo necesita de negar internamente, en la nación donde exista un gobierno de esa naturaleza, todas y cada una de las formas de organización que adversen el régimen, critiquen al régimen, no respetaría ninguno de los derechos humanos de las clases y sectores considerados inferiores a la clase oligárquica y financiera. En Estados Unidos sería terrible un régimen fascista o nazista y con una sola interrogante bastaría para lo que tendría que enfrentarse: ¿qué haría con esos millones de negros, de latinoamericanos y con –ojo con esto- los grandes y poderosos magnates de la economía que son judíos e influyen demasiado en el sistema económico-social estadounidense? Pensamos, sólo lo pensamos, que la comparación o conclusión del camarada Eliades Acosta, respetándole sus argumentos, se parece –en sentido contrario- a la de David Ronfeldt, publicada en Los Angeles Times el 25 de mayo de 2003, donde expresó que los partidarios de Chávez estamos inspirados en el fascismo. Por suerte: Dios no es neutral ni la generalidad de los pueblos tampoco. El Diablo no puede serlo, porque está dentro del espíritu de Bush.

¿Qué nos duele?

Nos duele habernos dejado rasgar la piel
de tanta esclavitud en nombre de la libertad
y no habernos liberado con tiempo de sus perversiones.
Nos duele tanto sacrificio y lucha de nuestros próceres por la independencia
para que unos pocos después hipotecaran de nuevo la patria.
Nos duele la risa que se burla de nuestro dolor.
Nos duele el talento que se extingue en la miseria.
Nos duele la tristeza del que escribe para armarnos de conciencia
y no encuentra lectores para su enseñanza.
Nos duele lo que le duele a los que se resignan a los dolores.
Nos duele los niños y las niñas que naciendo se quedan sin futuro
porque más miedo le tienen a la vida que a la muerte en el presente.
Nos duele que le depreden los árboles a las cabeceras de los ríos.
Nos duele el llanto de una madre
que el hambre le mata el porvenir en su vientre.
Nos duele que tengamos que matarnos
unos contra otros por el agua y la sombra.
Nos duele que cuando habiendo condiciones
para dar la orden de ataque se disponga el repliegue de sus fuerzas.
Nos duele que la frontera del conocimiento
sea la pobreza en que vive el hombre que no lo tiene.
Nos duele cuando se muere un cantor
y luego vuelven sus canciones un negocio de la usura.
Nos duele que a un poeta se le obligue a escribir en lo que no le inspira su sentimiento.
Nos duele el campo que le deprime
el verano creado por el hombre que lo depreda.
Nos duele la nostalgia de una flor solitaria sin sol.
Nos duele la noche cuando a la luna le hacen una herida por telescopio.
Nos duele la mirada del niño que el adulto le alarga su tristeza.
Nos duele que un obrero invoque la resignación de sus camaradas
al capitalismo.
Nos duele que un maestro deje de creerse alumno por pensar que todo lo sabe.
Nos duele tanto los dolores que sólo conquistando las libertades que nos faltan se curarán nuestros dolores.



Un día lluvioso en que Dios miraba, a través de los ojos de Jesucristo desde una nube, el mundo que había hecho a su imagen y semejanza, reflexionó profundamente y se convenció que en este tiempo de globalización capitalista salvaje él está viviendo de puro milagro. Pensó antes en los ángeles y luego en el hombre. Mucho le dolió que éste se haya hecho lobo y no amigo del hombre. Se lamentó que todo lo que hizo para que se viviera en paz, libertad, justicia, dignidad, solidaridad, ternura, y alegría, amando cada uno al prójimo como así mismo, se hubiese convertido en una idea hueca en la conciencia de unos pocos que se hicieron dueños de todos los bienes por él creados. Sus sentimientos heridos lloraron en los ojos de Jesucristo. Observó el universo casi completo y se convenció que cada dolor que sentía por cada injusticia que el mundo estaba viviendo por culpa de unos pocos que lo mal gobiernan y lo hacen andar patas arriba, es una libertad que le falta conquistar a la mayoría de la humanidad para hacerlo andar con justicia patas abajo. Convencido que sus milagros ya no tienen la potestad de recomponer el mundo a su imagen y semejanza, dictó un Testamento para que Jesucristo resucite de nuevo en la Tierra y sólo vuelva al Cielo cuando haciéndolo realidad ya nadie siga creyendo que su voluntad sea una utopía irrealizable: “Creo en los poderes creadores del pueblo; creo en la vida y la alegría en tremenda lucha contra la tristeza y la muerte; creo en la ternura y la solidaridad en tremendo combate contra el desprecio y el egoísmo; y creo en que ya no se debe andar tanto reinterpretando el mundo, sino en decidirse a transformarlo”.




¡¡¡Sin justicia social, la paz será siempre una utopía!!!


¿Por qué votaremos por el camarada Di Martino?:
porque es un hombre bueno, un político serio que hace de las inquietudes de su pueblo sus propias inquietudes y se esfuerza por buscarle solución, excelente demócrata, profundamente solidario.
El camarada Di Martino es de esos hombres que ven con el corazón dejando sólo a los ojos el percibir las cosas o necesidades para luego profundizar en la reflexión y hacer todos los sacrificios por encontrar la mejor solución a las dificultades sociales tratando que no sólo contenga la calidad, sino también la reducción al mínimo de los sacrificios. Eso está comprobado. Incluso, no necesitamos de ejemplos, porque la gente más humilde del estado Zulia ha sido atendida por las manos amigas de Di Martino sin exigirle ninguna prebenda para su peculio personal. Esto no es una elegía ni tampoco una oda y, mucho menos, una lisonja. Es la pura verdad.
¿Se dan cuenta por qué votaremos por el camarada Di Martino? ¿Acaso existe otro candidato que reúna esas cualidades que merezca, en este difícil pero hermoso momento de la historia venezolana, ser el próximo gobernador del estado Zulia?

¡Di Martino: gobernador del pueblo para el pueblo!

¡Vota seguro por Di Martino y en el Zulia todos y todas ganarán!

EPA